En mayo de 2014, publicamos un artículo titulado “Televisión por Internet: el verdadero control en tus manos”. En aquel momento, hablábamos de un cambio inminente: el fin del dominio absoluto de la televisión lineal, la expansión de los servicios de streaming, y el surgimiento de una nueva forma de consumir contenido, más personalizada, más flexible y más global. Once años después, buena parte de lo que anticipamos no solo se ha cumplido, sino que se ha convertido en la norma.
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Plataformas como Netflix, Amazon Prime Video, Disney+, Max, Apple TV+ y, más recientemente, servicios híbridos con publicidad como Pluto TV y Tubi, han reformulado por completo los hábitos de consumo. En Puerto Rico, como en gran parte del mundo, ya no dependemos de horarios impuestos por departamentos de programación: vemos lo que queremos, cuando podemos, desde donde estemos. El televisor ha sido desplazado por celulares, tabletas y laptops, y el cambiar de canal con el control remoto fue sustituido por el scroll infinito en interfaces personalizadas por algoritmos.
Pero esta revolución ha tenido consecuencias más profundas que el simple cambio de pantallas o plataformas. También alteró la forma en que se produce, distribuye y valora el contenido. Las series, por ejemplo, pasaron de tener temporadas de 20 o 30 episodios a entregarse en paquetes de 6 u 8, con ritmos narrativos más cinematográficos. Muchas películas se estrenan directamente en streaming. Las redes sociales alimentan campañas de promoción o rechazo instantáneo, y los datos sobre nuestras preferencias han adquirido un valor estratégico en la industria.
La descentralización también abrió espacio a creadores independientes, que ya no necesitan el aval de una cadena para llegar al público. Desde youtubers y streamers, hasta productoras pequeñas que lanzan documentales o podcasts de alcance internacional, se ha democratizado el acceso a la pantalla. Cada vez más talentos locales encuentran audiencias propias dentro y fuera de la Isla, sin pasar por los medios tradicionales.
Sin embargo, este nuevo modelo no está exento de tensiones. La multiplicación de servicios ha generado una nueva fragmentación. Lo que parecía un camino hacia la libertad de elección se está convirtiendo en una jungla de suscripciones, pagos mensuales y contenidos dispersos. Muchas personas comienzan a replantearse cuánto están dispuestas a pagar, mientras resurgen alternativas más económicas con publicidad, como en el caso de los planes básicos de Netflix y Amazon. Incluso Max (que volverá a ser HBO MAX) incluye anuncios, pero de otro contenido de la plataforma. La piratería y el intercambio informal de cuentas también han vuelto a crecer, reflejando una brecha entre la oferta y la capacidad real del público.
Y mientras el presente sigue redefiniéndose, el futuro ya asoma por el horizonte.
Las tecnologías emergentes prometen cambios aún más profundos: inteligencia artificial generativa que personaliza contenidos, experiencias inmersivas en realidad aumentada o virtual, así como narrativas interactivas donde el espectador elige el rumbo de la historia. Los límites entre espectador y participante comienzan a desdibujarse. Incluso las figuras tradicionales —actores, presentadores, escritores— compiten hoy con avatares virtuales y voces sintéticas, mientras las grandes plataformas invierten en prototipos de entretenimiento que apenas comenzamos a entender.
Hace once años hablábamos del futuro con cierta fascinación y algo de incertidumbre. Hoy vivimos ese futuro como parte de nuestra cotidianidad. Y ahora, frente a una nueva frontera tecnológica y cultural, la pregunta vuelve a imponerse: ¿qué tipo de televisión —y de experiencia mediática— queremos construir para los próximos diez años?


