En la mayoría de las culturas, especialmente la cultura latina, las fiestas vienen con un mandato implícito: hay que disfrutarlas. No basta con estar presente, hay que celebrar con entusiasmo, comer sin medida, brindar aunque no quieras y mostrarse agradecido por todo. No hacerlo levanta sospechas. Y entonces vienen las preguntas incómodas: “¿Estás bien?”, “¿Por qué estás tan callado?”, “Relájate, que es Navidad”.
Esa presión social rara vez se discute. Se asume como parte natural de la temporada, pero para muchas personas se convierte en una carga emocional real. No todos llegan a diciembre en el mismo punto vital. Hay quienes atraviesan duelos, dificultades económicas, agotamiento extremo o simplemente no tienen ánimo de fiesta. Aun así, el entorno empuja a sonreír y seguir.
En ese contexto, la comida y el alcohol funcionan muchas veces como lubricantes sociales. No solo se consumen por gusto, sino para encajar, para evitar esos cuestionamientos o para anestesiar emociones que no encuentran espacio en la conversación. El exceso no siempre nace del deseo, sino de la obligación implícita de “pasarla bien”.
Reconocer esta presión no significa rechazar las tradiciones ni desvalorizar el encuentro familiar. Significa aceptar que disfrutar no es una experiencia uniforme ni obligatoria. Que cuidarse emocionalmente también incluye poner límites, elegir qué espacios compartir y entender que no todo el mundo vive las fiestas desde el mismo lugar.
Romper con la narrativa de la felicidad forzada no arruina la Navidad. Al contrario, la hace más honesta.
* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.