Al llegar a finales de diciembre, muchas personas sienten un cansancio que no se resuelve con dormir un poco más. No es simple estrés. Es agotamiento acumulado. Meses de presión laboral, preocupaciones económicas, interrupciones del sueño y rutinas desordenadas pasan factura al cuerpo.
Fisiológicamente, el organismo responde elevando los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés. Esto afecta el apetito, la calidad del descanso y la capacidad de tomar decisiones. El cuerpo empieza a pedir energía rápida: azúcar, alimentos altos en grasa y alcohol. No es falta de disciplina, es biología reaccionando a un entorno exigente.
A ese desgaste se suman las alteraciones típicas de la temporada: horarios irregulares, cenas tardías, más consumo de alcohol y menos movimiento. El resultado es una sensación constante de fatiga, irritabilidad y menor autocontrol. Muchas decisiones impulsivas que se toman en estas fechas no ocurrirían en un estado de descanso adecuado.
Entender este proceso ayuda a cambiar la narrativa. No se trata de “fallar” en cuidarse, sino de reconocer que el cuerpo está operando bajo condiciones distintas. Pequeños ajustes como priorizar el sueño, comer con más regularidad y reducir estímulos innecesarios pueden marcar una diferencia real.
El cansancio de fin de año no se supera con fuerza de voluntad. Se gestiona con conciencia y muchas veces requiere consultar a un profesional de la salud.
¡Felices Fiestas!
* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.