IRON DOME: POR QUÉ EL «90% DE EFECTIVIDAD» NO CUENTA TODA LA HISTORIA

Desde que fue desplegado en 2011, el sistema antimisiles conocido como Cúpula de Hierro o Iron Dome se ha convertido en una referencia constante cada vez que estalla un conflicto entre Israel y grupos como Hamas o cuando se discuten ataques desde otros frentes. En redes sociales y titulares se repite una cifra con insistencia: 90% de efectividad.

Pero ese número, sin contexto, puede llevar a conclusiones equivocadas.

La pregunta correcta no es si la cifra es falsa o verdadera, sino qué significa realmente.


Qué es la Cúpula de Hierro

La Cúpula de Hierro es un sistema de defensa aérea diseñado para detectar, seguir y destruir cohetes y misiles de corto alcance antes de que impacten zonas pobladas. Funciona con tres componentes principales: un radar que detecta el lanzamiento, un sistema de control que calcula la trayectoria y lanzadores que disparan misiles interceptores llamados Tamir.

El sistema fue desarrollado por la industria de defensa israelí, con Rafael Advanced Defense Systems como contratista principal, junto con otras empresas del sector y apoyo financiero de Estados Unidos.

Aquí conviene aclarar algo importante, porque suele generar confusión en textos que circulan en redes: Rafael no es una persona. No es el nombre de un ingeniero ni el apellido de alguien que “construyó” la Cúpula de Hierro. Es el nombre de una empresa estatal de defensa, con miles de empleados, ingenieros y técnicos. Cuando se menciona “Rafael” sin explicar que se trata de una empresa, el texto pierde claridad y puede parecer incompleto o mal editado.


El origen del famoso “90%”

Cuando se habla de una efectividad cercana al 90%, no se está diciendo que el sistema derribe nueve de cada diez proyectiles lanzados. Esa es una de las confusiones más comunes.

La Cúpula de Hierro no intenta interceptar todo lo que se lanza. Su software calcula en segundos la trayectoria del cohete y determina si caerá en una zona poblada o en un área despoblada.
Si el sistema estima que el proyectil no representa una amenaza directa para civiles o infraestructura crítica, simplemente no dispara.

Por eso, el porcentaje de éxito suele referirse a los proyectiles que el sistema decide interceptar, no al total de cohetes disparados. Dicho de otra forma: el 90% no se calcula sobre todo lo que vuela, sino sobre lo que el sistema considera peligroso.

Este detalle es clave y casi siempre se omite en publicaciones virales.


Lo que el número no explica

Cuando el “90%” se presenta sin contexto, puede dar la impresión de que se trata de un escudo casi perfecto. No lo es.

El dato no explica:

  • cuántos proyectiles no fueron interceptados porque no se consideraron amenaza,

  • que la cifra puede variar según el tipo de conflicto y la intensidad del ataque,

  • ni que el cálculo de efectividad proviene principalmente de reportes militares y técnicos, no de auditorías independientes en tiempo real.

Esto no significa que el sistema no funcione, sino que el número se presta para interpretaciones exageradas, tanto a favor como en contra.


El tiempo y la presión civil

En comunidades cercanas a Gaza, el tiempo entre la sirena de alerta y un posible impacto puede ser de unos 15 segundos. Ese margen mínimo explica por qué Israel priorizó un sistema altamente automatizado: no hay tiempo para decisiones humanas complejas cuando se trata de proteger zonas densamente pobladas.

La Cúpula de Hierro no elimina el miedo ni el trauma, pero sí puede reducir la cantidad de impactos directos en áreas urbanas. Eso ha sido uno de los principales argumentos a favor de su despliegue.


El debate del costo

Una de las críticas más frecuentes apunta al aspecto económico. Un interceptor Tamir cuesta mucho más que muchos de los cohetes artesanales que intenta derribar. El argumento parece lógico: ¿tiene sentido gastar decenas de miles de dólares para interceptar algo que cuesta cientos?

La respuesta oficial ha sido que el cálculo no es solo financiero. El objetivo es evitar muertes, heridos, daños a hospitales, aeropuertos y centros urbanos, y reducir la parálisis económica que generan los ataques continuos.

Aun así, el debate es legítimo. En escenarios de ataques masivos, el sistema puede enfrentar problemas de saturación, y el costo sostenido de los interceptores plantea preguntas estratégicas sobre su viabilidad a largo plazo.


No es un sistema absoluto

Otro punto que suele perderse en la discusión pública es que la Cúpula de Hierro no está diseñada para todo tipo de amenazas. Está pensada para cohetes y misiles de corto alcance. Israel utiliza otros sistemas para amenazas distintas, como misiles balísticos o ataques más complejos.

En eventos recientes, como ataques con drones o misiles desde mayores distancias, los resultados atribuidos a “Iron Dome” en realidad corresponden a una defensa aérea en capas, donde intervienen varios sistemas distintos. Atribuir todo el éxito a uno solo simplifica en exceso la realidad.


Redes sociales y propaganda

En redes sociales, el 90% se ha convertido en una herramienta de propaganda. Para algunos, demuestra una superioridad tecnológica incuestionable. Para otros, es prueba de manipulación o engaño.

La realidad es más incómoda para ambos extremos:
el sistema sí ha interceptado miles de amenazas reales, pero no es infalible, no es mágico y no elimina las consecuencias humanas del conflicto.

Exagerar su efectividad puede crear expectativas irreales. Minimizarla sin argumentos técnicos también distorsiona el debate.


Por qué el tema sigue vigente

Más de una década después de su despliegue, la Cúpula de Hierro sigue siendo relevante porque:

  • continúa utilizándose en conflictos reales,

  • enfrenta amenazas cada vez más complejas,

  • y es parte de una discusión más amplia sobre tecnología militar, gasto en defensa y protección civil.

Además, el desarrollo de nuevos sistemas complementarios muestra que incluso sus propios diseñadores reconocen que no es una solución definitiva, sino una pieza dentro de un sistema mayor.


La Cúpula de Hierro es una tecnología real, con resultados comprobables, pero también con límites claros. Su efectividad, expresada en cifras como “90%”, depende de cómo se mide y de qué se decide contar.

Entender esos matices no implica justificar ni condenar a ningún actor. Implica algo más básico y más necesario: informar con precisión, sin romanticismos ni demonizaciones, en un tema donde las cifras, las decisiones políticas y las vidas humanas están profundamente entrelazadas.

* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.