Una adolescente ajusta una máscara de zorro frente al espejo. En su habitación no hay escenario ni público, pero su teléfono sí está grabando. En el video, que luego subirá a TikTok, explicará que no “finge” ser un animal: dice que lo siente como parte de su identidad. En los comentarios habrá apoyo, incomprensión y burlas. Es una escena que se repite en distintas partes del mundo bajo una palabra que gana visibilidad: therian.
El término proviene del griego therion (bestia) y anthropos (humano). Pero su uso contemporáneo no nació en templos antiguos ni en tratados filosóficos, sino en foros de internet de los años noventa. En 1993, en un grupo de discusión de Usenet llamado alt.horror.werewolves, algunos participantes comenzaron a describir experiencias que iban más allá de la fascinación por los hombres lobo. Decían percibirse internamente como animales, en un sentido psicológico o espiritual.
Con el tiempo, la palabra therian se consolidó para nombrar a quienes sienten una identificación profunda con una especie animal específica. No se trata, según explican la mayoría de sus miembros, de creer biológicamente que son animales. Hablan más bien de una experiencia interior, simbólica o espiritual. Algunos describen episodios que llaman “shifts”, momentos en que su comportamiento o percepción parece alinearse con el animal con el que se identifican.

Durante años, estas comunidades permanecieron relativamente discretas en foros especializados. La explosión llegó con las redes sociales, especialmente TikTok, donde el fenómeno encontró un lenguaje visual. Máscaras, movimientos corporales, narrativas personales. Lo que antes era texto en un foro se convirtió en performance digital.
El crecimiento acelerado del fenómeno ha generado preguntas inevitables. ¿Estamos ante una forma contemporánea de espiritualidad? ¿Una exploración identitaria propia de la adolescencia? ¿O un producto amplificado por los algoritmos?
Algunos investigadores en cultura digital señalan que internet ha cambiado la forma en que se construyen las identidades. En décadas anteriores, una experiencia subjetiva poco común podía vivirse en soledad. Hoy, basta una búsqueda para encontrar miles de personas que la comparten. La validación comunitaria puede fortalecer una identidad que de otro modo habría sido pasajera.
Desde la psicología, el consenso general es prudente: la adolescencia es una etapa de experimentación intensa. Identificarse con símbolos, subculturas o narrativas alternativas puede formar parte de ese proceso. En la mayoría de los casos, no se considera un trastorno clínico, siempre que la persona mantenga su funcionamiento cotidiano y no experimente angustia significativa.
Pero el entorno digital añade una capa nueva. Los algoritmos premian lo distintivo y lo llamativo. Una identidad expresada públicamente puede volverse parte de una dinámica de exposición constante. El riesgo, advierten algunos especialistas, no es la metáfora en sí, sino la presión de performarla ante una audiencia.
También hay confusión. El fenómeno therian suele mezclarse con el fandom furry, que gira en torno a personajes animales antropomórficos en un contexto artístico y cultural. Aunque pueden coincidir personas en ambos espacios, no son lo mismo: el primero se presenta como identidad; el segundo, como afición creativa.
El debate público oscila entre la burla y la alarma. Sin embargo, reducir el fenómeno a caricatura impide comprenderlo. Para muchos jóvenes que se identifican como therian, la etiqueta no es un juego, sino un lenguaje para describir sensaciones internas difíciles de articular.

En última instancia, el fenómeno plantea una pregunta más amplia que va más allá de las máscaras o los videos virales: en un mundo hiperconectado, ¿hasta qué punto internet no solo refleja identidades, sino que también las moldea?
Quizás la clave no esté en decidir si el fenómeno es legítimo o trivial, sino en entender qué revela sobre la manera en que las nuevas generaciones negocian su sentido de pertenencia. En esa conversación, lo animal puede ser menos importante que lo humano: la necesidad de ser comprendido.