FUJIMORI: EL REGRESO DE UN APELLIDO QUE DIVIDE A PERÚ

La llegada de Keiko Fujimori a la presidencia marca el regreso al poder de uno de los apellidos más influyentes y controvertidos de América Latina. Después de tres derrotas electorales, la líder de Fuerza Popular asumió con la promesa de devolver estabilidad a un país golpeado por la inseguridad, la debilidad económica y una prolongada crisis institucional.

Su victoria representa el triunfo de una candidata de derecha, pero también refleja el desgaste de la política peruana y el voto de castigo contra gobiernos incapaces de ofrecer resultados. En ese sentido, forma parte de una tendencia regional en la que sectores del electorado han comenzado a favorecer propuestas conservadoras frente al fracaso o la pérdida de popularidad de gobiernos de izquierda.

Una larga carrera hacia el poder

Keiko Fujimori comenzó su vida pública como primera dama durante el gobierno de su padre, Alberto Fujimori, tras el divorcio de sus padres. Más adelante fue congresista y se convirtió en la principal figura del fujimorismo.

Disputó la presidencia en cuatro ocasiones. Perdió frente a Ollanta Humala en 2011, Pedro Pablo Kuczynski en 2016 y Pedro Castillo en 2021, antes de lograr finalmente la victoria en 2026.

Su perseverancia le permitió mantenerse durante más de una década en el centro de la política peruana, aunque también profundizó el rechazo de quienes consideran que su partido contribuyó a la confrontación entre el Congreso y varios gobiernos.

La sombra de Alberto Fujimori

La trayectoria de Keiko está inevitablemente vinculada al legado de su padre.

Alberto Fujimori gobernó Perú entre 1990 y 2000. Sus partidarios destacan que controló la hiperinflación, debilitó a Sendero Luminoso y promovió reformas que ayudaron a estabilizar la economía.

Sus críticos recuerdan el autogolpe de 1992, la concentración del poder, los casos de corrupción y las violaciones de derechos humanos cometidas durante su gobierno. También señalan las esterilizaciones realizadas sin consentimiento y las masacres de Barrios Altos y La Cantuta.

Esa combinación de logros económicos, autoritarismo y abusos explica por qué el apellido Fujimori continúa generando lealtades y rechazos intensos.

Las críticas a Keiko

Keiko Fujimori ha intentado presentarse como una figura distinta a su padre, aunque nunca se ha desvinculado completamente de su legado.

También enfrentó investigaciones relacionadas con el financiamiento de sus campañas y fue cuestionada por el papel de Fuerza Popular en las crisis políticas de los últimos años.

Para sus adversarios, representa el riesgo de un regreso a prácticas autoritarias. Para sus simpatizantes, es una dirigente con experiencia, disciplina económica y mayor capacidad para gobernar que muchos de sus predecesores.

¿Por qué ganó?

Su victoria responde a varios factores.

Perú sufrió durante años una sucesión de presidentes, destituciones, renuncias y enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso. A esa inestabilidad se sumaron el aumento de la delincuencia, el temor a las extorsiones y una economía que perdió dinamismo.

En ese contexto, la promesa de orden, seguridad y recuperación de la inversión privada resultó atractiva para una parte importante del electorado.

Aunque el resultado puede interpretarse como un castigo a la izquierda, reducirlo únicamente a esa explicación sería simplificarlo. También fue un voto contra la inestabilidad y contra una clase política que no logró responder a los problemas cotidianos.

Un giro hacia la derecha

La llegada de Fujimori coincide con un movimiento regional hacia posiciones más conservadoras, impulsado por la inseguridad, el costo de vida, el bajo crecimiento y la decepción con gobiernos de izquierda.

Sin embargo, el péndulo político latinoamericano suele moverse más por frustración que por lealtad ideológica. Los votantes castigan a quienes gobiernan cuando no perciben resultados, sin importar si pertenecen a la izquierda o a la derecha.

El desafío del gobierno

Los seguidores de Fujimori esperan mayor seguridad, crecimiento económico, inversión privada y estabilidad política.

Sus críticos temen una concentración del poder, el debilitamiento de los contrapesos democráticos y el regreso de prácticas asociadas al gobierno de su padre.

Su principal desafío será demostrar que puede ofrecer orden sin autoritarismo y crecimiento sin debilitar las instituciones. Si logra mejorar la seguridad y la economía respetando las reglas democráticas, podría renovar el fujimorismo. Si fracasa, podría profundizar la polarización que ha marcado a Perú durante décadas.

La elección de Keiko Fujimori confirma que una parte creciente del electorado latinoamericano está menos interesada en las etiquetas ideológicas que en los resultados. La prueba será si las promesas de estabilidad pueden convertirse en un gobierno eficaz sin repetir los errores del pasado.