GAZA: LA PAZ QUE NADIE QUIERE COMENZAR

El posible desarme de Hamás ha abierto una oportunidad que hace apenas unos meses parecía improbable para comenzar a cerrar la guerra de Gaza. Pero también ha dejado al descubierto el problema que ha perseguido durante décadas cualquier intento de paz entre israelíes y palestinos: nadie confía en que el otro cumplirá su parte.

El problema puede resumirse de manera sencilla.

Hamás dice estar dispuesto a comenzar un proceso para entregar sus armas. Israel responde que no retirará sus tropas hasta comprobar que esas armas realmente fueron entregadas. Hamás, por su parte, difícilmente querrá desprenderse de toda su capacidad militar mientras buena parte de Gaza continúe bajo control israelí.

Es el equivalente diplomático de dos adversarios frente a frente diciendo exactamente lo mismo: tú primero.

Pero esta vez hay una diferencia importante. Estados Unidos ha colocado sobre la mesa algo más elaborado que un simple alto el fuego.

El plan impulsado por el presidente Donald Trump pretende conectar varias piezas: el desarme de Hamás, la retirada progresiva de Israel, un nuevo gobierno palestino de carácter tecnocrático, fuerzas internacionales de estabilización y, finalmente, la reconstrucción de una Gaza devastada por casi tres años de guerra.

Sobre el papel parece una ruta razonable. En la práctica, cada una de esas piezas puede hacer fracasar a las demás.

El dilema de Israel

La posición israelí tiene una explicación fácil de comprender después del 7 de octubre de 2023.

Israel se retiró de Gaza en 2005. Hamás terminó tomando el control del territorio y desarrolló durante años una extensa estructura militar que culminó en el ataque de 2023, cuando unas 1,200 personas murieron en Israel y otras 251 fueron tomadas como rehenes.

Para buena parte de la sociedad israelí, por tanto, una retirada basada simplemente en la promesa de que Hamás se desarmará resulta difícil de aceptar.

El gobierno de Benjamin Netanyahu argumenta que retirarse demasiado pronto podría permitir a Hamás reorganizarse, reclutar nuevos combatientes, reconstruir túneles y volver a amenazar territorio israelí.

Pero existe también el problema contrario.

Si Israel exige que Hamás entregue absolutamente todas sus armas antes de retirar sus tropas, puede crear una condición que el grupo palestino considere imposible de aceptar. Y si ninguna parte está dispuesta a moverse primero, el acuerdo puede quedar congelado indefinidamente.

Ese es precisamente el riesgo actual.

Hamás ante una decisión existencial

Para Hamás el problema es todavía mayor.

Entregar las armas no significa simplemente guardar fusiles en un almacén. Significa renunciar al instrumento que durante décadas ha definido buena parte de su poder.

Hamás no ha sido únicamente un gobierno en Gaza. También ha sido una organización armada cuya legitimidad entre sus seguidores está estrechamente vinculada a lo que denomina la resistencia contra Israel.

Desarmarse significaría aceptar una transformación profunda: dejar de controlar militarmente Gaza y permitir que otra administración palestina gobierne el territorio.

Eso podría permitirle sobrevivir políticamente, pero sería un Hamás muy diferente.

También explica por qué Israel desconfía de las declaraciones del grupo. Para Netanyahu, la pregunta no es si Hamás anuncia que se desarmará, sino si efectivamente entrega las armas, destruye túneles y pierde la capacidad de reconstruir su aparato militar.

Trump se juega mucho más que Gaza

Donald Trump ha presentado el acuerdo como un avance histórico.

Y políticamente tiene razones para hacerlo.

Si Estados Unidos consiguiera simultáneamente el desarme de Hamás, la retirada israelí y la creación de una administración palestina capaz de gobernar Gaza, sería uno de los mayores éxitos diplomáticos estadounidenses en Oriente Medio en décadas.

Pero Trump enfrenta un problema incómodo: su capacidad para presionar a Hamás depende en gran medida de intermediarios regionales, mientras su capacidad para presionar a Israel depende de cuánto esté dispuesto Washington a enfrentarse a uno de sus aliados más cercanos.

Y Netanyahu no es un actor pasivo.

Israel tiene sus propios intereses políticos y de seguridad. Además, las elecciones israelíes previstas para octubre aumentan la presión sobre el primer ministro. Cualquier concesión puede ser utilizada por sus adversarios o provocar una ruptura con sectores de derecha que consideran que Israel debe mantener presencia militar en Gaza.

Por eso la relación entre Trump y Netanyahu se vuelve especialmente importante.

Estados Unidos puede garantizar armas, apoyo diplomático y protección internacional a Israel. Pero transformar esa influencia en presión política tiene un costo.

Trump tendrá que decidir cuánto capital está dispuesto a gastar para convertir su plan en realidad.

Y detrás aparece Irán

Aunque Irán no esté sentado en el centro de estas negociaciones, su presencia es imposible de ignorar.

Durante décadas, Teherán construyó influencia regional apoyándose en una red de organizaciones y aliados armados que le permitían ejercer presión sobre Israel y Estados Unidos sin enfrentarlos directamente en una guerra convencional.

Hamás ha formado parte de ese entramado, aunque su relación con Irán no ha sido idéntica a la de otros grupos aliados de Teherán.

Un Gaza desmilitarizado reduciría considerablemente la capacidad iraní de utilizar el conflicto palestino como otro frente de presión contra Israel.

Por eso lo que ocurre en Gaza forma parte de una transformación regional mucho mayor.

La pregunta ya no es solamente quién gobierna Gaza. También es qué sistema de poder sustituirá al que dominó Oriente Medio durante las últimas décadas.

Una oportunidad y un peligro

Aquí está la paradoja.

Hamás está enormemente debilitado después de casi tres años de guerra. Gaza está devastada. Israel ha demostrado una enorme superioridad militar. Estados Unidos está directamente involucrado en la búsqueda de una salida política y varios países árabes tienen interés en estabilizar la región.

Probablemente pocas veces hayan coincidido tantos factores favorables para intentar cambiar el rumbo del conflicto.

Pero también pocas veces ha existido tanta desconfianza.

Israel teme que retirarse permita reconstruir a Hamás.

Hamás teme entregar sus armas y quedar indefenso mientras Israel conserva tropas dentro de Gaza.

Los palestinos necesitan reconstrucción y una estructura política capaz de gobernarlos.

Trump necesita que las partes hagan concesiones que ninguna quiere hacer primero.

Y detrás de todo permanece la competencia regional con Irán.

Por eso el verdadero desafío no consiste en anunciar un acuerdo.

Consiste en crear un mecanismo mediante el cual cada paso pueda ser comprobado y acompañado inmediatamente por una acción de la otra parte: armas entregadas a cambio de tropas retiradas, túneles destruidos a cambio de territorio devuelto, fuerzas internacionales desplegadas a cambio de fuerzas israelíes que salen.

Sin esa reciprocidad verificable, el proceso puede convertirse en otra larga lista de promesas incumplidas.

Mucho más que Gaza

Sería exagerado afirmar que de este acuerdo depende por sí sola la paz mundial. Pero sería un error considerar Gaza como un conflicto aislado.

Israel, Irán y Estados Unidos son piezas de una confrontación que afecta rutas comerciales, mercados energéticos, alianzas militares y relaciones entre grandes potencias.

Una nueva guerra regional podría involucrar nuevamente a Irán, provocar ataques contra Israel, bases estadounidenses o rutas marítimas y obligar a otras potencias a tomar posiciones.

Una Gaza estable no resolvería automáticamente el conflicto entre Israel y los palestinos, mucho menos las diferencias entre Israel e Irán.

Pero eliminaría uno de los principales focos capaces de encender nuevamente la región.

Ese es quizá el verdadero valor del momento actual.

Después de años intentando determinar quién puede ganar la guerra, las partes empiezan a enfrentarse a una pregunta mucho más difícil:

quién está dispuesto a asumir el riesgo de comenzar la paz.