BERLÍN GIRA A LA IZQUIERDA Y EL ESTE AVANZA HACIA LA DERECHA: ¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN ALEMANIA?

La imagen parece contradictoria.

En Berlín, Die Linke —el partido situado más a la izquierda entre las principales fuerzas políticas alemanas— obtuvo el 25.7% de los votos y se convirtió por primera vez en la formación más votada de la capital.

Ese mismo día, a unos 200 kilómetros al norte, Alternativa para Alemania (AfD), partido clasificado como de extrema derecha, ganó las elecciones de Mecklemburgo-Pomerania Occidental con el 38.2%.

Dos semanas antes, AfD había alcanzado un todavía más contundente 43.8% en Sajonia-Anhalt.

¿Está Alemania girando hacia la izquierda o hacia la derecha?

La respuesta más precisa es: hacia ninguna de las dos de manera uniforme. Lo que está ocurriendo es un debilitamiento acelerado del centro político y un voto creciente por partidos que prometen cambios más profundos.

Berlín no representa a toda Alemania

Berlín ha sido durante décadas una ciudad políticamente más inclinada hacia la izquierda que buena parte del país.

Su población es más joven, urbana y multicultural. La mayoría de sus habitantes vive en propiedades alquiladas, por lo que la vivienda, los aumentos en los alquileres y la especulación inmobiliaria tienen un peso electoral considerable. También existe una aceptación social relativamente amplia de las políticas favorables a la diversidad sexual, la inmigración y una mayor intervención del Estado en los servicios públicos.

Die Linke aprovechó ese terreno con una campaña centrada principalmente en el costo de vida y la vivienda. El partido defendió mayores controles sobre los alquileres, la construcción de vivienda pública y la posibilidad de expropiar o nacionalizar grandes compañías inmobiliarias.

Su candidata, Elif Eralp, también mantuvo una posición abiertamente favorable a la comunidad LGBT y prometió reforzar la protección y el financiamiento de programas dirigidos a esa población. Sin embargo, presentar el resultado exclusivamente como el triunfo de una “agenda LGBT” distorsiona las razones económicas y sociales que impulsaron su candidatura.

En una ciudad donde esas políticas cuentan desde hace años con un respaldo considerable, el asunto no representó necesariamente una revolución cultural. Fue parte de una plataforma de izquierda más amplia.

Un desplazamiento dentro de la propia izquierda

Los resultados requieren una lectura más cuidadosa.

Die Linke prácticamente duplicó su apoyo respecto de las elecciones anteriores, al pasar de 12.2% a 25.7%. Sin embargo, buena parte de ese crecimiento parece proceder de antiguos votantes socialdemócratas y verdes.

El Partido Socialdemócrata (SPD) cayó de 18.4% a 12.1%, mientras los Verdes descendieron de 18.4% a 14.3%. En conjunto, Die Linke, el SPD y los Verdes obtuvieron ahora 52.1%. En las elecciones anteriores acumulaban aproximadamente 49%.

Esto significa que Berlín no pasó repentinamente de ser una ciudad conservadora a una radicalmente izquierdista. La capital ya se inclinaba hacia la izquierda; lo que cambió fue cuál partido domina ese espacio político.

Los electores que anteriormente confiaban en socialdemócratas y verdes optaron esta vez por una alternativa que percibieron como más combativa, especialmente frente al problema de la vivienda.

La derecha también creció en Berlín

Existe otro dato que complica la narrativa de una capital completamente volcada hacia la izquierda.

AfD aumentó su respaldo de 9.1% a 16.3% y se convirtió en la tercera fuerza política de Berlín. Mientras Die Linke absorbía votantes desencantados con el SPD y los Verdes, AfD captaba parte del descontento conservador y del rechazo a los partidos tradicionales.

La Unión Demócrata Cristiana (CDU), que encabezaba el gobierno saliente, cayó de 28.2% a 18.8%.

Por tanto, el verdadero derrotado no fue solamente la derecha tradicional o la izquierda moderada. Fueron los partidos que ocupaban el centro y administraban la ciudad.

Berlín votó por el cambio, pero ese deseo tomó dos direcciones opuestas: una parte se desplazó hacia Die Linke y otra hacia AfD.

Una Alemania muy diferente fuera de la capital

La situación en los estados orientales muestra otra realidad.

En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, AfD obtuvo 38.2%, frente al 35.5% del SPD. La CDU, tradicionalmente uno de los grandes partidos nacionales, apenas alcanzó 4.9% y quedó fuera del Parlamento regional.

En Sajonia-Anhalt, AfD logró 43.8%, mientras la CDU se desplomó hasta 17.2%. Aunque AfD no consiguió la mayoría absoluta, su resultado confirmó que ha dejado de ser un partido marginal en amplias zonas del este alemán.

Las preocupaciones en esas regiones son distintas de las que dominan en Berlín. La inmigración, la pérdida de empleos industriales, el costo de la energía, el envejecimiento de la población y la percepción de abandono por parte del gobierno federal pesan más que las políticas socialmente liberales que encuentran mayor aceptación en la capital.

También persisten diferencias económicas y sociales entre los territorios de la antigua Alemania Oriental y los del oeste, más de tres décadas después de la reunificación.

El problema de Friedrich Merz

El denominador común entre Berlín, Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Sajonia-Anhalt no es la ideología de los ganadores, sino el castigo a los partidos que gobiernan Alemania.

El canciller Friedrich Merz dirige una coalición federal formada por la alianza conservadora CDU/CSU y el SPD. Ambos partidos están retrocediendo.

El promedio de las encuestas nacionales sitúa actualmente a AfD alrededor del 28%, por delante de la CDU/CSU, que ronda el 20%. Los Verdes se encuentran cerca del 15%, el SPD alrededor del 13% y Die Linke sobre el 11%.

Los sondeos individuales varían, pero todos reflejan una tendencia semejante: la coalición del gobierno federal ha perdido gran parte de su apoyo electoral.

Comparada con las elecciones federales de 2025, AfD habría ganado aproximadamente siete puntos, mientras la CDU/CSU habría perdido cerca de nueve.

Die Linke también ha crecido, pero continúa muy lejos del respaldo nacional de AfD. El triunfo berlinés es importante simbólicamente, aunque no constituye evidencia de un viraje nacional hacia la izquierda.

Un país polarizado, no izquierdizado

Alemania conserva un sistema parlamentario que obliga a formar coaliciones. Ganar unas elecciones regionales no garantiza gobernar.

Die Linke necesitará aliados para controlar Berlín. AfD enfrenta una dificultad similar en los estados donde ha ganado, porque los demás partidos mantienen, por ahora, la política conocida como el “cortafuegos”: negarse a formar gobiernos con la extrema derecha.

Esta situación puede producir una paradoja. Tanto Die Linke como AfD pueden ganar elecciones, pero las negociaciones posteriores podrían dejar a alguna de ellas fuera del poder.

La conclusión, por ahora, no es que Alemania se haya convertido en un país de izquierda. Tampoco puede afirmarse todavía que haya girado completamente hacia la extrema derecha.

Alemania se está fragmentando.

Berlín vota por una izquierda más radical frente a la crisis de vivienda y el costo de vida. Grandes zonas del este votan por AfD como rechazo a la inmigración, al gobierno federal y al orden político establecido. En ambos casos, los partidos tradicionales pierden autoridad.

El triunfo de Die Linke en Berlín y el avance de AfD en el este no son fenómenos contrarios. Son dos manifestaciones de la misma crisis: un electorado cada vez menos dispuesto a confiar en el centro político para resolver sus problemas.