ESPAÑA VA A LAS URNAS: SÁNCHEZ SE JUEGA MUCHO MÁS QUE LA MONCLOA

Pedro Sánchez vuelve a colocar todas sus fichas sobre la mesa.

El presidente del Gobierno español anunció elecciones generales anticipadas para el próximo 29 de noviembre, después de que una nueva derrota parlamentaria evidenciara hasta qué punto se había estrechado el margen de maniobra de su Ejecutivo.

La convocatoria llega tras el rechazo en el Congreso de dos decretos con los que el Gobierno pretendía responder a una de las mayores fuentes de malestar social en España: la crisis de la vivienda.

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Pero lo que estará en juego en noviembre va mucho más allá del precio de los alquileres o de dos iniciativas legislativas.

Las elecciones pueden convertirse en una evaluación de los más de ocho años de Pedro Sánchez en La Moncloa, de la evolución de una izquierda que llega a los comicios más fragmentada que en elecciones anteriores y de una derecha que, según los sondeos disponibles al momento de la convocatoria, parte con una ventaja significativa.

La pregunta, por tanto, no es solamente quién gobernará España.

También es si el país está entrando en una nueva etapa política.

EL POLÍTICO QUE HA DESAFIADO LOS PRONÓSTICOS

Para comprender estas elecciones hay que empezar por una característica fundamental de Pedro Sánchez: su extraordinaria capacidad de supervivencia política.

Su trayectoria está llena de episodios que parecían anticipar su salida.

En 2016 abandonó la secretaría general del Partido Socialista Obrero Español después de enfrentarse con una parte importante de la dirección del partido. Meses después regresó, ganó las primarias socialistas y recuperó el liderazgo.

En 2018 llegó a La Moncloa mediante una moción de censura contra el entonces presidente Mariano Rajoy.

Posteriormente sobrevivió a sucesivas elecciones, gobernó durante la pandemia, afrontó las consecuencias económicas de la guerra en Ucrania y logró mantenerse en el poder después de los comicios de 2023, pese a que el Partido Popular había sido la fuerza más votada.

Aquellas elecciones constituyen un precedente particularmente relevante.

Sánchez las adelantó después de una fuerte derrota de la izquierda en las elecciones municipales y autonómicas. El PP ganó los comicios generales, pero no consiguió formar Gobierno.

Sánchez sí.

Mediante acuerdos con partidos situados a su izquierda y con diversas fuerzas nacionalistas y regionalistas consiguió reunir los apoyos parlamentarios necesarios para continuar en La Moncloa.

Ese episodio contribuyó a reforzar una percepción que acompaña al dirigente socialista desde hace años: subestimarlo puede resultar políticamente costoso.

Sin embargo, el escenario de 2026 presenta diferencias importantes.

UN PARLAMENTO CADA VEZ MÁS DIFÍCIL DE GESTIONAR

La mayoría que permitió a Sánchez gobernar después de las elecciones de 2023 nunca fue una coalición sencilla.

Dependía de partidos con prioridades ideológicas y territoriales muy diferentes.

Socialistas, fuerzas situadas más a la izquierda, nacionalistas vascos y catalanes podían coincidir en determinadas votaciones y separarse profundamente en otras.

Esa aritmética convirtió buena parte de la legislatura en un ejercicio permanente de negociación.

La ruptura llegó finalmente alrededor de un asunto social más que territorial.

La crisis de la vivienda, intensificada por el aumento del precio de los alquileres y las dificultades de muchos jóvenes para independizarse, pasó a ocupar el centro de la conversación pública española.

Las movilizaciones posteriores al desahucio de una mujer de 87 años en Madrid aumentaron la presión sobre el Gobierno.

Sánchez respondió impulsando medidas extraordinarias para ampliar determinadas protecciones a inquilinos y personas vulnerables.

Pero PP, Vox y Junts votaron contra los decretos.

La derrota parlamentaria mostró que el Gobierno podía seguir administrando, pero cada vez encontraba mayores dificultades para desarrollar su agenda legislativa.

Sánchez decidió entonces devolver la decisión a los electores.

UNA ECONOMÍA QUE CRECE Y UNA SOCIEDAD QUE NO SIEMPRE LO PERCIBE

Una de las paradojas de la situación española es que las elecciones no llegan en medio de una crisis económica convencional.

España ha registrado durante los últimos años tasas de crecimiento superiores a las de varias de las grandes economías europeas y el desempleo ha continuado descendiendo.

Son datos que normalmente beneficiarían a un Gobierno.

Pero existe una distancia importante entre la economía de los indicadores y la economía cotidiana.

La vivienda es probablemente el ejemplo más evidente.

Para una parte de la población, especialmente los jóvenes y quienes viven en las principales ciudades, tener trabajo ya no garantiza necesariamente poder alquilar una vivienda sin dedicar una proporción considerable del salario a ello.

Comprar una propiedad resulta todavía más difícil.

Ese fenómeno ayuda a explicar por qué un Gobierno puede presentar cifras macroeconómicas relativamente favorables y, al mismo tiempo, enfrentarse a una percepción social mucho menos optimista.

El problema político aparece cuando los ciudadanos escuchan que el país crece, pero sienten que su capacidad de vivir mejor no avanza al mismo ritmo.

LAS ENCUESTAS DIBUJAN UN ESCENARIO FAVORABLE PARA LA DERECHA

Los sondeos disponibles antes de la convocatoria electoral sitúan al Partido Popular como primera fuerza.

El barómetro de octubre de 40dB, elaborado para El País y la Cadena SER, otorgaba al PP alrededor del 31,6% de los votos, frente a aproximadamente 27,4% para el PSOE.

Vox alcanzaba el 18,4%.

La suma del PP y Vox rondaba así el 50% de la intención de voto.

Estos números han alimentado la posibilidad de que ambos partidos puedan alcanzar una mayoría suficiente para formar Gobierno.

Sin embargo, las encuestas deben interpretarse con cautela.

España ofrece numerosos ejemplos recientes de elecciones en las que las expectativas iniciales se modificaron considerablemente durante la campaña.

En 2023, por ejemplo, una eventual mayoría de PP y Vox parecía probable durante buena parte del proceso electoral y finalmente no se produjo.

Por eso la ventaja actual de la derecha constituye una tendencia relevante, pero no un desenlace inevitable.

Quedan casi dos meses de campaña política, debates, acontecimientos imprevistos y, sobre todo, una variable fundamental: la participación.

EL PSOE RESISTE MEJOR QUE SUS SOCIOS

Uno de los elementos más interesantes del escenario español es que la principal dificultad electoral de la izquierda no parece concentrarse exclusivamente en el PSOE.

Los socialistas conservan un porcentaje significativo de apoyo.

La mayor transformación se ha producido en el espacio político situado a su izquierda.

Durante la década pasada, Podemos llegó a representar una amenaza directa a la posición del PSOE como principal fuerza progresista española.

El movimiento nacido después del 15-M y de la indignación generada por la crisis financiera llegó a obtener más de cinco millones de votos.

Incluso existió durante algún tiempo la posibilidad de que Podemos superara electoralmente a los socialistas.

No ocurrió.

Las divisiones internas, la salida de dirigentes, la creación de nuevas organizaciones y posteriormente el nacimiento de Sumar fueron fragmentando ese espacio político.

Ahora aparece una nueva reorganización alrededor de un proyecto denominado Frente Amplio, que intenta reunir nuevamente a varias de esas fuerzas de cara a las elecciones de noviembre.

El desafío no es menor.

Mientras el PSOE conserva una estructura electoral considerable, sus potenciales socios llegan a las elecciones después de varios años de reorganización y con niveles de apoyo inferiores a los registrados por ese espacio político una década atrás.

Esto produce una paradoja.

El PSOE puede concentrar una proporción mayor del voto progresista mientras el conjunto de ese espacio electoral atraviesa un momento más difícil.

DE LA REVOLUCIÓN DEL 15-M A LA RECONFIGURACIÓN DE LA IZQUIERDA

Para comprender la importancia de estas elecciones conviene retroceder hasta 2011.

La crisis financiera, el desempleo y el descrédito de las instituciones tradicionales dieron origen al movimiento de los indignados y al 15-M.

De ese ambiente surgió Podemos.

Su aparición alteró profundamente un sistema político que durante décadas había girado fundamentalmente alrededor del PSOE y del Partido Popular.

Posteriormente también apareció Ciudadanos desde el centro liberal, aumentando aún más la fragmentación.

España dejó de ser un sistema esencialmente bipartidista.

Durante la década siguiente, formar Gobierno pasó a exigir coaliciones y pactos entre múltiples organizaciones.

Pero buena parte de aquella transformación está evolucionando nuevamente.

Ciudadanos prácticamente desapareció del escenario nacional.

Podemos perdió gran parte de la representación que llegó a acumular.

Sumar intentó reorganizar ese espacio y ahora varias de sus organizaciones buscan una nueva fórmula bajo Frente Amplio.

El panorama que emerge no necesariamente significa un regreso al antiguo bipartidismo.

Vox impide que eso ocurra.

Lo que sí parece estar cambiando es la distribución del poder dentro de los dos grandes bloques ideológicos.

VOX YA NO PARECE UN FENÓMENO TEMPORAL

Durante años existió la posibilidad de que Vox alcanzara un techo electoral y posteriormente retrocediera.

Los datos más recientes sugieren lo contrario.

La formación encabezada por Santiago Abascal aparece alrededor del 18% en algunos sondeos, claramente por encima del resultado obtenido en las elecciones generales de 2023.

Su crecimiento ha modificado la relación de fuerzas dentro de la derecha.

Para el Partido Popular existe ahí tanto una oportunidad como un problema.

La oportunidad es evidente: la suma de ambas formaciones podría proporcionar una mayoría parlamentaria.

El problema es igualmente claro: cuanto más fuerte sea Vox, mayor capacidad tendrá para condicionar las políticas de un eventual Gobierno encabezado por Alberto Núñez Feijóo.

Esa relación será una de las cuestiones centrales de la campaña.

DOS CAMPAÑAS DIFERENTES PARA UNA MISMA ELECCIÓN

Sánchez y Feijóo intentarán que los españoles respondan preguntas distintas cuando entren a votar.

El líder del PP buscará probablemente convertir las elecciones en una evaluación sobre la continuidad del presidente.

Después de más de ocho años de Sánchez en La Moncloa, el concepto de cambio puede convertirse en uno de los argumentos centrales de la oposición.

El PSOE intentará plantear una elección diferente.

Sánchez tratará de convencer al electorado progresista y centrista de que la alternativa no es simplemente un Gobierno del Partido Popular, sino un Ejecutivo que dependerá en mayor o menor medida de Vox.

En términos políticos, la batalla consistirá en decidir qué pregunta domina la campaña.

Si los españoles votan pensando fundamentalmente en la continuidad o sustitución de Sánchez, el PP parte con ventaja.

Si una parte importante del electorado termina votando para evitar la entrada de Vox en el Gobierno, el PSOE puede encontrar un terreno mucho más favorable para movilizar a sus simpatizantes.

LOS ESCÁNDALOS TAMBIÉN PESAN

A diferencia de 2023, Sánchez llega además a estas elecciones después de una legislatura marcada por investigaciones y controversias que han afectado a dirigentes y antiguos dirigentes socialistas.

Los casos relacionados con José Luis Ábalos, Koldo García y Santos Cerdán han proporcionado a la oposición argumentos para presentar al Gobierno como una administración afectada por el desgaste propio de muchos años en el poder.

También han existido procedimientos judiciales relacionados con personas del entorno familiar del presidente.

Es importante distinguir entre investigaciones, acusaciones y condenas.

No todos los procedimientos tienen la misma naturaleza ni todos implican responsabilidad directa del Gobierno.

Pero electoralmente los efectos pueden ser acumulativos.

Cuando un Ejecutivo lleva varios años en el poder, diferentes controversias pueden terminar formando parte de una narrativa más amplia sobre renovación política.

Esa será otra de las líneas de ataque del Partido Popular y Vox.

¿ESPAÑA SE ESTÁ MOVIENDO HACIA LA DERECHA?

Los resultados electorales recientes y las encuestas muestran una mejora considerable del bloque formado por PP y Vox.

Sin embargo, establecer que toda la sociedad española se ha desplazado ideológicamente hacia la derecha sería una conclusión demasiado sencilla.

Existen varios fenómenos simultáneos.

Una parte del electorado conservador se mantiene alrededor del Partido Popular.

Otro sector ha encontrado en Vox una respuesta a preocupaciones relacionadas con inmigración, identidad nacional, seguridad, políticas culturales o rechazo a las élites políticas tradicionales.

Pero también existe otro fenómeno menos visible: la desmovilización.

Un votante que anteriormente apoyaba a Podemos o Sumar y decide quedarse en casa no necesariamente se ha convertido en conservador.

Electoralmente, sin embargo, su ausencia puede producir un efecto similar.

Por eso una de las grandes incógnitas del 29 de noviembre será el nivel de participación.

Más que una batalla exclusiva por convencer a quienes dudan entre izquierda y derecha, la campaña puede convertirse en una competencia por conseguir que cada bloque movilice a sus propios electores.

LA ÚLTIMA CARTA DE SÁNCHEZ

Quienes consideran que las elecciones están decididas deberían recordar la historia reciente de Pedro Sánchez.

Su principal habilidad política ha sido convertir situaciones aparentemente adversas en elecciones binarias.

Lo hizo dentro del PSOE cuando regresó contra el aparato del partido.

Lo hizo en 2023 cuando transformó unas elecciones que inicialmente parecían favorables al PP en una movilización para impedir una mayoría de PP y Vox.

Ahora intentará repetir la fórmula.

Paradójicamente, la debilidad de las organizaciones situadas a su izquierda podría incluso favorecer al PSOE en un aspecto concreto.

Ante el riesgo de una victoria amplia de la derecha, algunos electores progresistas pueden optar por concentrar su voto en el partido que perciban con mayores posibilidades de competir directamente con el PP.

Eso beneficiaría al PSOE.

Pero existe un límite matemático.

Concentrar el voto dentro del mismo bloque no sirve de mucho si el bloque, en conjunto, obtiene menos votos.

Ese es probablemente el desafío más importante de Sánchez.

No necesita únicamente fortalecer al PSOE.

Necesita ampliar nuevamente el espacio electoral capaz de sostener una mayoría parlamentaria alternativa a PP y Vox.

MUCHO MÁS QUE LA MONCLOA

Las elecciones del 29 de noviembre podrían terminar significando mucho más que un simple cambio de Gobierno.

Una victoria clara del Partido Popular y Vox abriría una nueva etapa política después de más de ocho años de presidencia de Pedro Sánchez.

También obligaría a la izquierda española a revisar las alianzas, estrategias y organizaciones surgidas durante la década posterior al 15-M.

Pero una nueva supervivencia política de Sánchez tendría consecuencias igualmente importantes.

Confirmaría que el dirigente socialista conserva una capacidad excepcional para movilizar a su electorado cuando la competencia se convierte en una elección entre bloques.

Por eso el 29 de noviembre España no decidirá únicamente quién ocupa La Moncloa.

También pondrá a prueba el sistema político que se configuró durante la última década.

La derecha llega con ventaja.

La izquierda llega obligada a reconstruir puentes y movilizar a un electorado que en algunos sectores muestra señales de fatiga.

Y en el centro de todo vuelve a estar Pedro Sánchez.

Un dirigente que ha construido buena parte de su carrera política sobreviviendo cuando parecía tener las probabilidades en contra.

Esta vez, sin embargo, la apuesta es todavía mayor.

Porque Sánchez no solo necesita demostrar que puede volver a ganar una elección política que parecía cuesta arriba.

Necesita demostrar que todavía existe en España una mayoría capaz de acompañarlo.