En diciembre de 1989, Estados Unidos ejecutó una de las operaciones militares más controvertidas del cierre del siglo XX en América Latina.
La operación fue ordenada por el entonces presidente George H. W. Bush con cuatro objetivos declarados: proteger a ciudadanos estadounidenses en Panamá, salvaguardar la integridad del Canal de Panamá, restaurar la democracia tras unas elecciones anuladas y capturar al gobernante de facto Manuel Noriega, acusado en tribunales estadounidenses por narcotráfico.
El despliegue fue masivo. Más de 25 mil soldados estadounidenses ingresaron a Panamá en cuestión de horas. Los combates se concentraron en áreas urbanas densamente pobladas, especialmente en Ciudad de Panamá. El saldo humano sigue siendo objeto de debate: mientras cifras oficiales estadounidenses hablaban de cientos de muertos, organizaciones de derechos humanos y fuentes locales sostienen que las víctimas civiles fueron significativamente mayores.
Noriega, figura clave durante años de cooperación con agencias estadounidenses y luego convertido en enemigo estratégico, se refugió en la Nunciatura Apostólica. Tras días de asedio psicológico, se entregó en enero de 1990 y fue trasladado a Estados Unidos, donde enfrentó juicio y condena. El mensaje fue inequívoco: cuando Washington decide que un líder es una amenaza directa, puede actuar más allá de la retórica diplomática.

Más de tres décadas después, ese episodio resurge en la memoria colectiva a raíz de anuncios recientes de la Casa Blanca sobre la detención del presidente venezolano Nicolás Maduro en una operación de las fuerzas estadounidenses. Independientemente de los detalles y controversias que rodean ese anuncio, la comparación con Panamá no es casual. En ambos casos, el argumento central gira en torno a la seguridad nacional, el combate al crimen transnacional y la deslegitimación de un gobierno señalado como “régimen criminal”.
Sin embargo, el contexto internacional ha cambiado de forma radical. En 1989, Estados Unidos emergía como potencia indiscutible tras el ocaso de la Guerra Fría. Hoy, el tablero geopolítico es más fragmentado, con mayores costos diplomáticos, legales y estratégicos para cualquier intervención directa. Panamá fue, para muchos analistas, una demostración de poder sin ambigüedades; Venezuela representa un escenario mucho más complejo y potencialmente explosivo.

Recordar Panamá no es un ejercicio nostálgico, sino una advertencia histórica. La captura de Noriega cerró un capítulo, pero abrió heridas que aún se discuten en términos de soberanía, derecho internacional y costo humano. Cada vez que un evento actual evoca aquel diciembre de 1989, la pregunta vuelve con fuerza: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos cuando decide que el fin justifica los medios?
El eco de Panamá sirve como recordatorio de que la historia no se repite de forma idéntica, pero sí rima. Y cuando rima con tropas, helicópteros y capturas presidenciales, conviene escuchar con atención.
* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.
