Groenlandia suele aparecer en los mapas como un enorme espacio blanco, remoto y silencioso. Pero su historia está lejos de serlo. A lo largo de más de mil años, la isla ha pasado de asentamientos vikingos a colonia europea, de territorio olvidado a pieza estratégica, y de “curiosidad polar” a protagonista del nuevo pulso geopolítico del Ártico.
Hoy, Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Dinamarca, pero su estatus actual es el resultado de una historia larga y, en ocasiones, mal contada.
De los vikingos al dominio danés
Los primeros europeos que se establecieron en Groenlandia fueron colonos nórdicos procedentes de Islandia y Noruega hacia finales del siglo X, liderados por Erik el Rojo. Aquellos asentamientos desaparecieron siglos después, probablemente por una combinación de enfriamiento climático, aislamiento y dificultades económicas.
A partir del siglo XVIII, Dinamarca reafirmó su control sobre Groenlandia como parte de su imperio colonial. El punto de quiebre llegó en 1814, tras las guerras napoleónicas: Dinamarca perdió Noruega, pero retuvo Groenlandia, Islandia y las Islas Feroe. Desde entonces, la relación entre Copenhague y la isla quedó formalmente establecida.
Durante gran parte del siglo XX, Groenlandia fue administrada como colonia. En 1953 dejó de tener ese estatus y pasó a integrarse formalmente al Reino de Dinamarca. Décadas más tarde, en 1979, obtuvo su primer régimen de autogobierno, ampliado significativamente en 2009, cuando asumió control sobre la mayoría de sus asuntos internos.

El mito ruso: por qué aparece y por qué no es correcto
En torno a Groenlandia circula ocasionalmente la idea de que “en algún momento fue de Rusia”. Eso no es correcto.
Rusia nunca ejerció soberanía sobre Groenlandia. El mito surge por dos razones principales:
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La intensa exploración rusa del Ártico y Siberia.
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La competencia histórica entre grandes potencias por territorios polares.
Rusia es hoy un actor clave en el Ártico, pero Groenlandia no formó parte del Imperio ruso ni de la Unión Soviética. Históricamente, su vínculo europeo ha sido con Dinamarca, no con Moscú.

Estados Unidos entra en escena: 1946
El interés de Estados Unidos en Groenlandia no es nuevo ni improvisado.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estableció bases militares en la isla para impedir una ocupación alemana y proteger rutas estratégicas del Atlántico Norte. Ese despliegue marcó un antes y un después.
En 1946, Washington fue más allá: ofreció comprar Groenlandia a Dinamarca. La propuesta fue rechazada de plano. Para Copenhague, la isla no era una mercancía negociable, sino parte integral del Reino.
Aunque el episodio quedó archivado durante décadas, nunca desapareció del todo del radar estratégico estadounidense.

El regreso del interés en el siglo XXI
En 2019, la idea de adquirir Groenlandia volvió a la escena pública, generando sorpresa y tensión diplomática. Pero el asunto no terminó ahí.
Tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, el tema reapareció en un contexto distinto:
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mayor competencia por el Ártico,
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preocupación por minerales críticos,
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y el impacto del cambio climático en nuevas rutas marítimas.
En 2026, declaraciones y movimientos diplomáticos reactivaron el debate, con Dinamarca reiterando que la soberanía sobre Groenlandia no está en negociación, mientras aliados de la OTAN observan con atención el aumento de tensiones en el norte del Atlántico .
Trump, por su parte, ha oscilado entre un lenguaje duro sobre la importancia estratégica de la isla y afirmaciones públicas de que no recurriría al uso de la fuerza, lo que ha alimentado interpretaciones diversas sobre el alcance real de sus intenciones.

¿Qué implicaría para Estados Unidos que Groenlandia pasara a formar parte de su territorio?
Para Estados Unidos, incorporar Groenlandia supondría una ganancia estratégica de gran escala. Desde el punto de vista militar, le permitiría consolidar el control del Ártico occidental, fortalecer los sistemas de alerta temprana frente a Rusia y ampliar su capacidad de proyección en el Atlántico Norte. En términos geopolíticos, reforzaría su posición frente a otras potencias interesadas en el Ártico, en un momento en que el deshielo está abriendo nuevas rutas marítimas y aumentando la competencia por el control de la región.
Sin embargo, el costo político y diplomático sería elevado. Un cambio de soberanía implicaría tensiones profundas con Dinamarca y aliados europeos, además de abrir debates complejos sobre autodeterminación, derechos de la población local y precedentes internacionales. Para Washington, el desafío no sería solo estratégico, sino también legal y reputacional: cómo ampliar su influencia en el Ártico sin erosionar el orden internacional que históricamente ha defendido.

Qué dice el derecho internacional
Desde el punto de vista jurídico, el marco es claro.
Groenlandia es un territorio bajo soberanía danesa con un régimen de autonomía reconocido internacionalmente. Cualquier cambio de estatus solo podría darse mediante:
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el consentimiento de Dinamarca, y
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el ejercicio del derecho de autodeterminación por parte de la población groenlandesa.
El derecho internacional contemporáneo no reconoce la adquisición de territorios por presión política o coerción, y mucho menos por la fuerza. En ese sentido, el debate actual es político y estratégico, no legal.

Una isla con historia propia
Más allá de las potencias que la miran, Groenlandia es también una sociedad con identidad propia, mayoritariamente inuit, idioma propio y una relación compleja con Dinamarca. Para muchos de sus habitantes, el verdadero debate no es si la isla debe pasar de una potencia a otra, sino cuánto control quieren ejercer sobre su propio futuro.
Groenlandia no es una ficha nueva en el tablero. Es una pieza antigua que el mundo vuelve a mirar porque el tablero cambió.

* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.