En Puerto Rico, abrir la llave ya no es una acción doméstica. Es un acto de fe.
Usted gira la manigueta y espera: puede salir agua, puede salir aire o puede salir ese sonido hueco de tubería más vacía que cartera a fin de mes.
La Autoridad de Acueductos y Alcantarillados no administra agua. Administra decepción.
Cada vez que falla el servicio, la AAA activa su mayor talento: fabricar eufemisos. Nunca dicen “fallamos”. Dicen “evento operacional”. Nunca dicen “no hay agua”. Dicen “interrupción temporera”. Nunca dicen “esto se nos fue de las manos”. Dicen “recuperación paulatina”.
En otras palabras: si no puedes ofrecer agua, ofrece excusas con palabras de domingo.
Mientras tanto, el país vive en modo apocalipsis doméstico: cubetas en el baño, ollas en la cocina, galones debajo del fregadero y vecinos reportando por WhatsApp si el agua llegó aunque sea un chorrito. Porque en Puerto Rico el agua está más escasa que la palabra “fallamos” en el diccionario de la AAA.
Y entonces llega la recomendación oficial: “manténgase hidratado”.
¡Qué belleza!
Solo falta que le digan a los que no tienen luz que carguen el celular, a los que están en tapón que salgan temprano y a los que no tienen casa que barran la marquesina.
La AAA también “monitorea la situación”, frase que en Puerto Rico significa mirar el desastre desde una silla giratoria mientras el país se baña con una botella comprada en el semáforo. Monitorear no es resolver. Monitorear es ponerle chaleco reflectivo a la ineptitud.
Eso sí: la factura llega.
Puntual. Firme. Con presión perfecta.
Esa no depende de válvulas, plantas, troncales, embalses ni lluvias. Si la AAA distribuyera el agua con la misma eficiencia con la que cobra, tendríamos fuentes danzantes hasta en los residenciales.
Pero cuando llueve, ocurre el milagro administrativo: la naturaleza hace el trabajo que la agencia no puede garantizar. Las nubes entran como contratista externo, sin cobrar horas extra, sin show y sin conferencia de prensa.
A este paso, deberían nombrar a la lluvia presidenta ejecutiva interina.
Por lo menos cae con regularidad.
Lo peor no es quedarse sin agua. Lo peor es que nos quieran vender esto como si fuera una molestia pasajera, no el síntoma de una agencia que convirtió un servicio esencial en algo al azar que nos puede dejar enjabonaos a la menor provocación,
Puerto Rico no quiere campañas de imagen.
Quiere bañarse.
Quiere bajar el inodoro.
Quiere abrir la pluma y que salga algo más que resignación.
Porque cuando una familia tiene que almacenar cubos y cacharros como si viniera una invasión zombie, eso no es “ajuste operacional”.
Eso es fracaso con presupuesto.
Así que sí: manténgase hidratado.
Pero recuerde que en Puerto Rico el agua es como un espíritu chocarrero, que a veces ni se aparece.