EL FIN DE LA TREGUA ENTRE ESTADOS UNIDOS E IRÁN ABRE UNA ETAPA MÁS PELIGROSA E IMPREDECIBLE

El intercambio de ataques amenaza con transformar una negociación difícil en una guerra de desgaste, mientras el estrecho de Ormuz, el programa nuclear iraní y la economía mundial vuelven a quedar atrapados en el centro del conflicto.

La ruptura del alto al fuego entre Estados Unidos e Irán no significa necesariamente que ambos países hayan decidido emprender una guerra total. Significa algo posiblemente más peligroso: desapareció el marco político que permitía contener los ataques, mientras las dos partes continúan utilizando la fuerza para intentar mejorar su posición ante una eventual negociación.

El presidente Donald Trump declaró terminado el memorando de entendimiento y el alto al fuego después de varios ataques contra buques comerciales en el estrecho de Ormuz. Estados Unidos respondió con nuevas operaciones militares contra decenas de objetivos iraníes, mientras Teherán lanzó misiles y drones contra instalaciones estadounidenses o países aliados en Bahrain, Kuwait, Qatar y Jordania. rgo, las negociaciones no han desaparecido por completo. Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto, Arabia Saudita y otros mediadores mantienen contactos con Washington y Teherán. Un funcionario estadounidense aseguró que todavía continúan conversaciones técnicas encaminadas a encontrar una salida. Por tanto, lo ocurrido no es todavía el entierro de la diplomacia, sino el derrumbe del acuerdo que debía protegerla. scalada que puede salirse del libreto

Durante un alto al fuego, incluso uno frágil, existen ciertos límites reconocidos por las partes. Cuando ese entendimiento se rompe, cada ataque comienza a justificarse como respuesta al anterior.

Estados Unidos sostiene que sus operaciones buscan proteger la navegación comercial y reducir la capacidad iraní para atacar barcos. Irán, por su parte, presenta sus acciones como represalias ante los bombardeos estadounidenses y el incumplimiento de compromisos previos. El resultado es una cadena en la que ambos gobiernos pueden afirmar que están respondiendo y no escalando.

El problema es que las guerras rara vez obedecen durante mucho tiempo a esas distinciones semánticas. Un misil que cause numerosas bajas estadounidenses, un ataque contra infraestructura civil iraní o un impacto sobre una planta nuclear podría provocar una respuesta mucho mayor que la inicialmente prevista.

La posibilidad de una guerra regional no depende únicamente de una decisión consciente de Washington o Teherán. También puede surgir de un error de cálculo, una identificación equivocada, una operación no autorizada o la actuación de sectores iraníes contrarios a cualquier acuerdo. Algunos mediadores consideran precisamente que los ataques contra barcos pudieron haber sido promovidos por elementos internos interesados en descarrilar las negociaciones. trecho de Ormuz vuelve a convertirse en el centro del conflicto

El principal instrumento de presión de Irán no es su capacidad para derrotar militarmente a Estados Unidos. Es su capacidad para encarecer el conflicto al resto del mundo.

Antes de la guerra, alrededor de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y una proporción considerable del comercio de gas natural licuado transitaban por el estrecho de Ormuz. La Administración de Información Energética de Estados Unidos calculó que durante la primera mitad de 2025 pasaron por esa ruta unos 20.9 millones de barriles diarios de petróleo y derivados. económico no requiere cerrar completamente el estrecho. Basta con reducir el tráfico, elevar las primas de seguros, obligar a los barcos a esperar escoltas militares o convencer a las navieras de que el riesgo no compensa el viaje.

La ruptura del alto al fuego ya provocó una reducción del tránsito marítimo y devolvió volatilidad al mercado petrolero. Aunque los precios han reaccionado con menos dramatismo que durante las primeras semanas de la guerra, esa aparente resistencia no significa que el peligro haya desaparecido. Significa que los mercados todavía apuestan a que ninguno de los dos países desea sostener una interrupción prolongada. sta podría cambiar rápidamente ante daños graves a terminales petroleras, refinerías, oleoductos o plantas de desalinización. En ese caso, el impacto dejaría de ser una fluctuación especulativa y se convertiría en una reducción física de la oferta.

El programa nuclear queda en una zona todavía más oscura

Las negociaciones que debían comenzar después de los funerales del ayatolá Alí Jamenei tenían entre sus asuntos principales la reapertura completa del estrecho y nuevas restricciones al programa nuclear iraní. La reanudación de los ataques complica ambos objetivos. ardeos pueden destruir instalaciones, equipos y sistemas de defensa, pero no eliminan el conocimiento científico acumulado por Irán. Además, mientras menos acceso tengan los inspectores internacionales y menos comunicación exista entre las partes, mayor será la incertidumbre sobre las verdaderas capacidades iraníes.

Esa falta de transparencia puede generar un círculo especialmente peligroso. Estados Unidos e Israel podrían interpretar cualquier actividad no verificada como evidencia de que Irán intenta reconstruir su programa. Teherán, a su vez, podría concluir que únicamente una capacidad nuclear más avanzada puede protegerlo de futuros ataques.

La paradoja es incómoda: una campaña militar concebida para detener el programa nuclear podría fortalecer dentro de Irán a quienes consideran que el país necesita una disuasión nuclear más robusta. La verificación internacional, y no solamente la destrucción física de instalaciones, continúa siendo indispensable para reducir ese riesgo. liados del Golfo quedan convertidos en campo de batalla

Bahrain, Kuwait, Qatar y Jordania no son simples espectadores. Albergan tropas, bases o infraestructura vinculada a Estados Unidos, lo que los convierte en posibles objetivos de represalias iraníes.

Al mismo tiempo, varios de esos países participan en los esfuerzos diplomáticos. Qatar y Arabia Saudita, por ejemplo, necesitan mantener su relación estratégica con Washington sin quedar atrapados indefinidamente en una guerra que amenaza su seguridad, sus exportaciones energéticas y sus planes de desarrollo.

Cada ataque iraní contra territorio de un país vecino aumenta la presión para que esos gobiernos refuercen sus defensas y se acerquen militarmente a Estados Unidos. Pero también aumenta sus incentivos para exigir a Washington que limite las operaciones que puedan provocar nuevas represalias.

Los aliados estadounidenses enfrentan así una contradicción: dependen de la presencia militar norteamericana para protegerse, pero esa misma presencia puede convertirlos en blancos.

El costo económico no se limita al precio de la gasolina

Una interrupción prolongada en Ormuz puede elevar los costos del transporte, los seguros marítimos, los fertilizantes y los alimentos. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo ha advertido que esas presiones golpean con mayor fuerza a los países importadores de energía y a las economías con poco espacio fiscal. Monetario Internacional había observado que el petróleo permanecía aproximadamente 30% por encima de su nivel previo a la guerra, aunque la economía mundial había resistido mejor de lo inicialmente temido. Esa resistencia, sin embargo, dependía de reservas estratégicas, producción adicional fuera del Golfo y medidas gubernamentales para amortiguar los aumentos. Ninguno de esos mecanismos es ilimitado. rto Rico, una economía insular dependiente del transporte marítimo y vulnerable a los costos energéticos, una crisis prolongada podría reflejarse no solamente en el combustible, sino también en la generación eléctrica, los fletes y los precios de alimentos y mercancías importadas.

El efecto probablemente no sería inmediato ni uniforme, pero sí acumulativo. La guerra puede comenzar a miles de millas de distancia y terminar apareciendo silenciosamente en la factura eléctrica, el supermercado y el costo de transportar bienes.

Una negociación futura sería más difícil

Incluso si Washington y Teherán regresan a la mesa, no regresarían al mismo punto. Cada nuevo ataque aumenta las exigencias políticas de ambos gobiernos y reduce su capacidad para presentar concesiones como una victoria.

Estados Unidos podría exigir controles más severos sobre el programa nuclear, garantías adicionales para la navegación y mecanismos automáticos de sanción. Irán probablemente reclamará mayores garantías sobre el levantamiento de sanciones, límites a los ataques estadounidenses y reconocimiento de alguna función en la seguridad del estrecho.

El obstáculo principal ya no sería solamente acordar los términos. Sería convencer a cada parte de que la otra cumplirá lo firmado.

Por eso, el escenario más probable a corto plazo no es necesariamente una invasión estadounidense ni una paz inmediata. Es una etapa de ataques intermitentes, amenazas, operaciones marítimas y negociaciones indirectas: una diplomacia desarrollada bajo el ruido de los misiles.

El alto al fuego podía romperse y luego reconstruirse. La confianza, en cambio, tarda mucho más. Y cada nueva represalia convierte la salida diplomática en una puerta más estrecha, precisamente cuando el mundo necesita que permanezca abierta.

* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.