APOSTÓ A LAS PALABRAS QUE DIRÍA TRUMP: EL CASO DE SU OPERADOR DE TELEPROMPTER

Durante años, Gabriel Perez tuvo un trabajo peculiar: sabía muchas de las palabras que pronunciaría Donald Trump antes de que las escuchara el resto del mundo.

Era su operador de teleprompter.

Esa ventaja, que normalmente forma parte de la discreta relación de confianza entre un orador y el equipo encargado de sus discursos, terminó adquiriendo un valor inesperado: más de $107,000 en mercados de predicción.

La Commodity Futures Trading Commission anunció en días pasados que Pérez deberá devolver $107,539.02 obtenidos mediante esas operaciones y pagar una multa civil adicional de $65,000. Además, tendrá prohibido realizar este tipo de transacciones durante tres años.

Apostar por una palabra

El mecanismo era sorprendentemente sencillo.

Los llamados mention markets permiten negociar contratos relacionados con las palabras o frases que una figura pública utilizará durante una intervención.

En términos simples, alguien puede tomar una posición sobre una pregunta como: ¿mencionará el presidente determinada palabra durante su próximo discurso?

Para la mayoría de los participantes, responder implica analizar la actualidad, declaraciones anteriores, prioridades políticas y probabilidades.

Perez tenía algo considerablemente mejor: acceso al discurso.

Las autoridades determinaron que entre diciembre de 2025 y febrero de 2026, mientras trabajaba como operador de teleprompter de la Casa Blanca, tuvo acceso a discursos presidenciales antes de que fueran pronunciados y utilizó esa información a su favor.

De operador a funcionario de la Casa Blanca

El caso se conoció públicamente en julio, cuando se informó que investigadores federales examinaban las operaciones de Perez.

Perez operaba el teleprompter de Trump desde 2016 y posteriormente llegó a desempeñarse como asistente técnico del presidente. Tras conocerse la investigación fue colocado en licencia administrativa sin sueldo.

La resolución anunciada ahora por la CFTC transformó aquellas acusaciones en un caso formal de aplicación de la ley. El regulador sostuvo que Perez se apropió indebidamente de información material no pública obtenida mediante su empleo federal y quebrantó su deber de confianza.

Una profesión mucho más cerca del mensaje de lo que parece

Para entender por qué el caso es particularmente llamativo, Perspectiva Actual consultó a Luis José Juarbe, fundador y presidente de Prompter Experts, empresa especializada en servicios profesionales de teleprompter con operaciones en Puerto Rico y México.

Juarbe explica que el público suele percibir al operador como un técnico que simplemente controla la velocidad de las palabras que aparecen sobre los cristales situados frente al orador.

La realidad puede ser considerablemente más delicada.

“Dependiendo del evento, podemos recibir un discurso antes que el público e incluso trabajar con cambios minutos antes de que comience. Por eso siempre he entendido que la confidencialidad no es algo adicional al servicio. Es parte del trabajo”, explicó Juarbe.

Luis José Juarbe, fundador y presidente de Prompter Experts, empresa con más de veinte años brindando este servicio, tanto en Puerto Rico como México, incluyendo gobernadores, alcaldes y la ex primera dama Jill Biden.

Después de más de dos décadas trabajando en la industria, el también abogado sostuvo que existe una frontera profesional muy clara respecto a la información recibida y aunque, en ocasiones se firman acuerdos de confidencialidad, y es una protección extra para el cliente, la ética y profesionalismo deben estar por encima de todo.

“El hecho de que tengas acceso a una información porque necesitas conocerla para hacer tu trabajo no significa que puedas utilizarla para otro propósito. El cliente te está dando acceso, no propiedad sobre esa información”, añadió el empresario.

Cuando una palabra adquiere precio

Más allá de la peculiaridad del caso, el episodio plantea una cuestión mucho más amplia.

Los mercados de predicción están creando valor económico alrededor de acontecimientos que hasta hace poco difícilmente podían monetizarse de esta manera.

Elecciones, decisiones gubernamentales, acontecimientos deportivos y hasta las palabras que pronunciará un presidente pueden convertirse en contratos negociables.

Eso amplía también el universo de personas capaces de poseer información potencialmente valiosa.

Un redactor puede conocer un discurso. Un productor puede tener acceso a una escaleta. Un técnico puede ver una presentación. Un asistente puede conocer un anuncio antes de que sea público. Y un operador de teleprompter puede tener literalmente delante de sus ojos las palabras sobre las que otros están arriesgando dinero.

El caso de Perez probablemente será recordado por su elemento insólito: un operador apostando sobre las palabras que aparecerían en el teleprompter que él mismo manejaba.

Pero detrás de esa anécdota hay una cuestión bastante más seria.

En una economía en la que prácticamente cualquier acontecimiento puede convertirse en un mercado, información que ayer simplemente era confidencial hoy también puede tener un precio.