11 DE SEPTIEMBRE: DOS TRAGEDIAS Y UNA LARGA SOMBRA DE DESCONFIANZA

Hay fechas que permanecen en el calendario y otras que terminan convertidas en una frontera entre un antes y un después.

El 11 de septiembre pertenece a la segunda categoría.

Para buena parte del mundo, la fecha remite inmediatamente a las imágenes de dos aviones estrellándose contra las Torres Gemelas de Nueva York, el humo sobre Manhattan, el ataque contra el Pentágono y los restos del vuelo 93 en un campo de Pensilvania.

Este viernes se cumplen 25 años de aquellos atentados.

Casi 3,000 personas murieron el 11 de septiembre de 2001, cuando 19 miembros de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales y ejecutaron el ataque terrorista más mortífero ocurrido en territorio estadounidense.

Pero las consecuencias del 11-S fueron mucho más allá de aquella mañana.

Estados Unidos inició una guerra en Afganistán, amplió considerablemente sus estructuras de inteligencia y seguridad, endureció los controles en aeropuertos y convirtió la lucha contra el terrorismo en uno de los ejes centrales de su política exterior.

Dos años después llegó la invasión de Irak, una guerra justificada en buena medida por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas.

El mundo posterior al 11-S fue, en muchos sentidos, un mundo diferente.

Las preguntas que sobrevivieron a los ataques

La magnitud de lo ocurrido también produjo otra consecuencia: una extraordinaria cantidad de teorías de conspiración.

Durante las últimas dos décadas y media se ha afirmado que las Torres Gemelas fueron destruidas mediante explosivos colocados previamente, que el Pentágono fue alcanzado por un misil, que el vuelo 93 fue derribado deliberadamente y, en las versiones más extremas, que sectores del propio gobierno estadounidense conocían o participaron en la preparación de los atentados.

Las investigaciones oficiales no han encontrado evidencia que sostenga esas afirmaciones.

La Comisión del 11-S reconstruyó los preparativos y la ejecución de los atentados, mientras que el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología, NIST, realizó una investigación técnica de varios años sobre el colapso de las Torres Gemelas.

NIST concluyó que los impactos de los aviones provocaron graves daños estructurales, desprendieron parte de la protección contra incendios y permitieron que los fuegos posteriores debilitaran elementos fundamentales de los edificios. Tampoco encontró evidencia que corroborara la hipótesis de una demolición controlada.

Eso no significa que todo funcionara correctamente antes o después de los atentados.

La propia investigación oficial documentó fallas de inteligencia, coordinación y preparación que impidieron comprender a tiempo la amenaza. Cuestionar decisiones gubernamentales, investigar errores o exigir documentos no constituye en sí mismo una teoría de conspiración.

La diferencia está en la evidencia.

Y quizás allí se encuentra una de las razones por las cuales las teorías sobre el 11-S han demostrado tanta resistencia: la historia ofrece suficientes ejemplos de gobiernos que efectivamente ocultaron información como para que la sospecha encuentre terreno fértil.

Uno de ellos ocurrió, precisamente, otro 11 de septiembre.

El otro 11 de septiembre

Veintiocho años antes de los atentados contra Estados Unidos, el 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas chilenas se levantaron contra el gobierno del presidente Salvador Allende.

El Palacio de La Moneda fue bombardeado. Allende murió ese mismo día y el general Augusto Pinochet encabezó posteriormente una dictadura que se prolongaría durante casi 17 años.

El régimen cerró el Congreso, persiguió opositores y estuvo acompañado por graves violaciones de derechos humanos.

Durante décadas, además, existieron sospechas sobre el papel de Estados Unidos en los acontecimientos chilenos.

En este caso, parte de aquello que alguna vez perteneció al terreno de las sospechas terminó respaldado por documentos oficiales desclasificados.

La administración de Richard Nixon había intentado impedir que Allende llegara al poder y autorizó operaciones encubiertas en Chile. Un documento de la CIA de octubre de 1970 establecía incluso como política que Allende fuera derrocado mediante un golpe, procurando mantener oculta la participación estadounidense.

Eso requiere, sin embargo, una precisión importante.

La evidencia disponible demuestra la intervención estadounidense contra Allende, el financiamiento de operaciones políticas y propagandísticas y los contactos con sectores militares. Pero continúa siendo objeto de debate hasta qué punto Estados Unidos participó directamente en la organización del golpe que finalmente ocurrió en septiembre de 1973.

La propia historia oficial del Departamento de Estado señala que existe poca evidencia que vincule directamente al gobierno estadounidense con apoyo encubierto al golpe encabezado por Pinochet.

Documentos desclasificados muestran, no obstante, que Washington sabía que el golpe era inminente. Un cable de inteligencia fechado el 10 de septiembre de 1973 informó que la acción estaba prevista para el día siguiente y que participaban las principales ramas de las Fuerzas Armadas chilenas.

La realidad, por tanto, resulta más incómoda y compleja que cualquiera de sus versiones simplificadas.

Entre el escepticismo y la conspiración

Los dos acontecimientos no son comparables en sus causas ni en sus protagonistas.

Uno fue un ataque terrorista perpetrado por Al Qaeda contra Estados Unidos. El otro fue un golpe militar que terminó con un gobierno constitucional y dio paso a una dictadura.

Pero compartir la fecha permite observar algo más amplio: la complicada relación entre los ciudadanos, el poder y la verdad.

Cuando los gobiernos ocultan operaciones, mantienen documentos secretos durante décadas o justifican decisiones posteriores con información que termina siendo incorrecta, deterioran una moneda difícil de recuperar: la confianza pública.

Eso no convierte automáticamente en cierta cualquier teoría alternativa.

Las afirmaciones extraordinarias siguen necesitando evidencia.

A 25 años del ataque contra las Torres Gemelas, no existe evidencia sólida que demuestre que los edificios fueron demolidos mediante explosivos o que el gobierno estadounidense organizó los atentados. Las investigaciones disponibles apuntan a Al Qaeda y explican técnicamente los colapsos.

Pero tampoco es necesario aceptar sin preguntas cada versión gubernamental para rechazar una conspiración.

La historia de Chile demuestra precisamente por qué el periodismo debe mantener ambas cosas al mismo tiempo: escepticismo y rigor.

Un día que todavía pesa

Un cuarto de siglo después, el 11-S continúa ocupando un lugar excepcional en la memoria estadounidense.

Una encuesta de Ipsos publicada esta semana encontró que aproximadamente la mitad de los adultos estadounidenses menciona espontáneamente los atentados del 11 de septiembre entre los acontecimientos históricos más importantes ocurridos durante sus vidas. Al mismo tiempo, la confianza en la capacidad del gobierno federal para prevenir actos terroristas es considerablemente menor que inmediatamente después de los ataques.

Para millones de personas que vivieron aquel martes de 2001, todavía resulta fácil recordar dónde estaban cuando vieron las imágenes.

Para una generación más joven, en cambio, el 11-S ya pertenece a los libros de historia.

Y quizás allí reside el verdadero desafío de los aniversarios.

Recordar no consiste solamente en repetir imágenes de aviones, edificios en llamas o discursos presidenciales. Tampoco en convertir cada incógnita en una conspiración.

Consiste en regresar a los hechos, distinguir aquello que sabemos de aquello que suponemos y reconocer que la historia rara vez cabe cómodamente en una sola versión.

El 11 de septiembre lo demuestra por partida doble.

En 1973, una democracia latinoamericana cayó bajo las bombas y comenzó una dictadura.

En 2001, Estados Unidos sufrió un ataque que modificó su política, sus guerras y buena parte del orden internacional.

Son dos historias completamente distintas separadas por 28 años.

Pero comparten una fecha y una advertencia que sigue vigente: cuando una sociedad deja de distinguir entre evidencia, secreto y especulación, la verdad también puede convertirse en una víctima de la historia.