¿SE ACABA LA MAREA ROSA? BRASIL PUEDE REDIBUJAR EL MAPA POLÍTICO DE AMÉRICA LATINA

Brasil despertó este lunes convertido nuevamente en un país dividido casi exactamente por la mitad.

Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, sorprendió al obtener cerca del 47% de los votos en la primera vuelta presidencial, frente a aproximadamente 45% del actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Ninguno alcanzó la mayoría absoluta necesaria para ganar, por lo que ambos volverán a enfrentarse el próximo 25 de octubre.

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Pero los números cuentan una historia más importante que una simple segunda vuelta.

Hasta pocos días antes de las elecciones, varias encuestas colocaban a Lula ligeramente por delante. El resultado real produjo el escenario contrario: Bolsonaro quedó primero y llegó considerablemente más cerca del 50% de lo que anticipaban muchos sondeos.

Eso no significa que tenga asegurada la presidencia.

Significa algo quizás más importante: Lula ya no llega a la segunda vuelta como el favorito natural.

UNA ELECCIÓN QUE YA NO GIRA SOLO ALREDEDOR DE BRASIL

Durante buena parte de la década pasada, América Latina experimentó un nuevo avance de gobiernos de izquierda.

López Obrador llegó al poder en México. Alberto Fernández ganó en Argentina. Gabriel Boric en Chile. Gustavo Petro consiguió en Colombia algo que durante décadas parecía extremadamente difícil: llevar a la izquierda a la presidencia.

Pedro Castillo ganó en Perú. Luis Arce continuó el proyecto político del MAS en Bolivia. Y en 2022 Lula derrotó por estrecho margen a Jair Bolsonaro en Brasil.

Se habló entonces de una segunda “marea rosa”.

Cuatro años después, el mapa está cambiando otra vez.

La derecha ha recuperado terreno en distintos países y, más que una conversión ideológica uniforme del continente, parece estar ocurriendo algo característico de la política latinoamericana moderna: el electorado está castigando a quien gobierna.

Inflación, inseguridad, corrupción, bajo crecimiento económico, deterioro de los servicios públicos y una creciente percepción de desorden han comenzado a pesar más que las etiquetas tradicionales de izquierda y derecha.

En otras palabras, muchos votantes latinoamericanos pueden no haberse convertido repentinamente en conservadores.

Simplemente están cansados.

Y cuando el gobierno es de izquierda, ese cansancio beneficia a la derecha.

LA SEGURIDAD SE CONVIERTE EN EL NUEVO BOLSILLO

Durante décadas se repetía que las elecciones se ganaban principalmente con la economía.

El bolsillo sigue siendo fundamental, pero en varios países latinoamericanos ha aparecido otra preocupación con un poder electoral similar: la seguridad.

El crecimiento del crimen organizado, la violencia y la percepción de pérdida de control territorial están transformando campañas electorales desde México hasta Chile.

La derecha ha entendido el fenómeno con mayor rapidez.

Promesas de autoridad, fortalecimiento policial, endurecimiento de penas y discursos de orden encuentran terreno fértil en sociedades donde una parte creciente de la población percibe que el Estado perdió capacidad para garantizar algo tan básico como caminar tranquilamente por una calle.

Brasil no es una excepción.

A pesar de indicadores favorables en algunas áreas económicas durante el gobierno de Lula, el costo de vida, el endeudamiento familiar y la inseguridad continúan ocupando un lugar importante entre las preocupaciones del electorado.

Ese escenario favorece a Bolsonaro.

FLÁVIO NO ES JAIR, PERO TAMPOCO INTENTA SERLO

Una de las claves de la campaña de Flávio Bolsonaro ha sido aprovechar el enorme capital político de su padre sin reproducir completamente su estilo.

Jair Bolsonaro continúa siendo una figura extraordinariamente polarizante.

Para millones de brasileños representa el rechazo al establecimiento político, la defensa de valores conservadores y una oposición frontal a la izquierda.

Para otros tantos representa los excesos de su administración, la confrontación institucional y, sobre todo, el intento de revertir el resultado electoral de 2022 que terminó provocando su condena.

Flávio necesita ambas cosas.

Necesita que los seguidores de Jair vean en él la continuidad del movimiento, pero también necesita convencer a votantes moderados de que una nueva presidencia Bolsonaro no significaría necesariamente cuatro años adicionales de conflicto permanente.

Esa puede convertirse en una de las grandes batallas de las próximas tres semanas.

Lula intentará que la segunda vuelta sea un referéndum sobre Bolsonaro y la democracia.

Flávio intentará convertirla en un referéndum sobre Lula y la situación actual del país.

Quien consiga imponer esa pregunta probablemente gane la elección.

EL PROBLEMA DE LULA

Lula sigue siendo probablemente el político con mayor capacidad electoral de la izquierda latinoamericana contemporánea.

Ha sobrevivido derrotas, prisión, investigaciones, regreso al poder y décadas de transformación política brasileña.

Pero tiene ahora 80 años y carga también con algo que afecta a cualquier dirigente después de demasiado tiempo en el escenario: deja de representar el futuro y comienza a representar el sistema.

Flávio Bolsonaro puede presentarse como cambio aunque su apellido pertenezca a una de las familias políticas más conocidas del país.

Esa paradoja funciona porque el candidato opositor no necesita convencer al elector de que él es nuevo.

Solo necesita convencerlo de que Lula es lo viejo.

La pregunta electoral de Bolsonaro probablemente será mucho más sencilla que cualquier discusión ideológica:

¿Está Brasil mejor que hace cuatro años?

Lula necesitará una respuesta igualmente sencilla.

Y DETRÁS DE FLÁVIO ESTÁ JAIR

Existe además un gigantesco elefante sentado en medio de la campaña.

Jair Bolsonaro.

El expresidente cumple una condena por la trama destinada a impedir la transferencia de poder luego de su derrota electoral de 2022.

Si Flávio Bolsonaro gana la presidencia, una de las preguntas inmediatas será inevitable:

¿Puede perdonar a su padre?

La Constitución brasileña reconoce al presidente facultades para conceder indultos y conmutar penas.

Sobre el papel, por tanto, un presidente Flávio Bolsonaro tendría herramientas para intentar beneficiar a Jair.

Pero la situación está lejos de ser sencilla.

Brasil ya tiene un precedente particularmente importante.

En 2022, Jair Bolsonaro utilizó su poder presidencial para conceder un indulto individual al entonces diputado Daniel Silveira, aliado político que había sido condenado por el Supremo Tribunal Federal.

El propio Supremo posteriormente anuló el indulto al considerar que hubo una desviación de finalidad: el poder presidencial había sido utilizado para beneficiar a un aliado político y no respondiendo al interés público.

El precedente resulta imposible de ignorar.

Si el Supremo consideró cuestionable que Bolsonaro indultara a un aliado, un perdón concedido por un hijo presidente a su propio padre enfrentaría un escrutinio constitucional todavía mayor.

Un decreto presidencial podría ser firmado.

Que sobreviviera a la revisión del Supremo sería otra historia.

LA RUTA MÁS IMPORTANTE PUEDE PASAR POR EL CONGRESO

Aquí aparece uno de los resultados menos comentados de las elecciones brasileñas.

La presidencia no fue lo único que estuvo en juego.

También se renovó una parte importante del Congreso y la derecha salió fortalecida.

Eso podría ser determinante.

En lugar de depender exclusivamente de un indulto firmado por Flávio Bolsonaro, los sectores bolsonaristas podrían buscar una fórmula legislativa de amnistía que beneficiara a participantes o responsables de los acontecimientos posteriores a las elecciones de 2022.

La batalla seguiría probablemente llegando al Supremo, pero jurídicamente sería distinta.

Ya no se trataría simplemente del hijo utilizando una prerrogativa presidencial para beneficiar al padre.

Sería el Congreso ejerciendo su poder legislativo.

Y eso abre una discusión constitucional mucho más complicada.

EL SENADO PUEDE SER TAN IMPORTANTE COMO EL PRESIDENTE

Brasil enfrenta además durante el próximo periodo una particular coincidencia institucional.

El próximo presidente tendrá influencia sobre nombramientos importantes en instituciones fundamentales del país, incluido el Supremo Tribunal Federal, mientras un Senado más conservador tendrá poder para aprobar o bloquear varias de esas nominaciones.

Eso significa que la elección brasileña de 2026 no decidirá solamente quién ocupa el Palacio de Planalto durante cuatro años.

Puede alterar gradualmente el equilibrio entre Ejecutivo, Congreso y tribunales.

Una eventual combinación de Flávio Bolsonaro en la presidencia y un Congreso fortalecido hacia la derecha otorgaría al movimiento conservador brasileño un poder institucional considerablemente mayor del que tuvo Jair Bolsonaro durante buena parte de su mandato.

Y eso explica por qué la elección interesa mucho más allá de Brasil.

EL EFECTO TRUMP

Existe además un componente hemisférico imposible de separar del momento político.

Donald Trump ha construido relaciones particularmente estrechas con varios dirigentes de la nueva derecha latinoamericana.

Javier Milei en Argentina es probablemente el ejemplo más evidente.

El bolsonarismo forma parte de esa misma constelación política.

Una victoria de Flávio Bolsonaro colocaría a las dos mayores economías del continente americano bajo gobiernos considerablemente más próximos ideológicamente de lo que estuvieron durante la administración de Lula.

También reforzaría una red internacional de movimientos conservadores que comparten temas como seguridad, inmigración, rechazo a sectores de la izquierda, crítica a determinadas instituciones internacionales y defensa de valores sociales tradicionales.

Pero sería un error concluir que América Latina está convirtiéndose permanentemente en una región de derecha.

La historia aconseja prudencia.

El mismo electorado que hoy castiga a gobiernos de izquierda puede castigar mañana a gobiernos de derecha si estos no resuelven los problemas que prometieron solucionar.

América Latina no parece estar entrando necesariamente en una era conservadora.

Puede estar entrando en algo más volátil:

una era de impaciencia.

BRASIL PUEDE SER EL PUNTO DE INFLEXIÓN

El 25 de octubre los brasileños elegirán entre Lula y Flávio Bolsonaro.

Pero simbólicamente estarán decidiendo mucho más.

Una victoria de Lula demostraría que la izquierda todavía conserva suficiente fuerza para controlar la mayor democracia y economía de América Latina.

Una victoria de Bolsonaro significaría que uno de los últimos grandes pilares de aquella segunda marea rosa también cayó.

Y produciría una situación política extraordinaria.

Jair Bolsonaro no pudo competir en estas elecciones.

Está condenado y apartado del poder.

Sin embargo, su apellido obtuvo más votos que Lula en la primera vuelta, su movimiento salió fortalecido políticamente y su propio hijo puede convertirse dentro de tres semanas en presidente de Brasil.

Quizás esa sea la mayor paradoja de estas elecciones.

Jair Bolsonaro está fuera de la papeleta, pero Brasil todavía está votando sobre Jair Bolsonaro.

Y el resultado puede terminar redefiniendo no solamente la política brasileña, sino el nuevo mapa ideológico de América Latina.