Treinta y ocho años después de que el arzobispo francés Marcel Lefebvre desafiara a Juan Pablo II ordenando cuatro obispos sin autorización papal, la historia volvió a repetirse. Esta vez ocurrió bajo el pontificado de León XIV, cuando la Sociedad Sacerdotal de San Pío X consagró nuevos obispos en Écône, Suiza, sin mandato del Vaticano.
La decisión llevó a Roma a declarar la excomunión de los obispos consagrados, de quienes participaron en la ceremonia y de aquellos que se adhieran formalmente a lo que denominó cisma. Para el Vaticano, no se trató de una diferencia litúrgica ni de una discusión interna menor, sino de un acto de naturaleza cismática: la creación de obispos sin autorización del Papa.
El conflicto tiene raíces profundas. La Sociedad Sacerdotal de San Pío X fue fundada en 1970 por Lefebvre, un arzobispo tradicionalista que rechazó varias reformas del Concilio Vaticano II, entre ellas los cambios litúrgicos, el diálogo ecuménico y la apertura hacia otras religiones. Para sus seguidores, la organización preserva la tradición católica. Para Roma, en cambio, su problema central ha sido siempre la falta de plena comunión con la autoridad papal.
El antecedente decisivo ocurrió el 30 de junio de 1988. Lefebvre consagró cuatro obispos sin autorización de Juan Pablo II, pese a los intentos del Vaticano por evitar la ruptura. Dos días después, el Papa publicó el documento Ecclesia Dei, en el que calificó aquella ordenación como un acto cismático y confirmó la excomunión de Lefebvre y de los obispos ordenados por él.
La muerte de Lefebvre, ocurrida en 1991, no significó el fin de la organización . Los cuatro obispos que consagró en 1988 conservaron, desde la perspectiva sacramental de la Iglesia católica, la capacidad de ordenar nuevos sacerdotes y obispos. Sin embargo, al encontrarse fuera de la plena comunión con Roma, el Vaticano sostuvo durante décadas que ese ministerio se ejercía de forma ilícita y sin reconocimiento canónico. Esa distinción entre la validez sacramental y la legitimidad jurídica explica cómo la Sociedad Sacerdotal de San Pío X pudo mantener su propia estructura episcopal durante casi cuatro décadas.
Por eso, la pregunta no es simplemente si sus miembros “siguen siendo católicos”. Ellos se consideran católicos y afirman defender la tradición de esa fe. Sin embargo, Roma no los considera en plena comunión con la Iglesia católica. Durante años, la Santa Sede mantuvo una relación ambigua con la organización: reconocía elementos católicos en su doctrina y sacramentos, pero advertía que carecía de un estatus canónico regular.
Benedicto XVI intentó reducir esa fractura en 2009 al levantar la excomunión de los cuatro obispos consagrados por Lefebvre en 1988. Aquel gesto buscaba abrir una puerta a la reconciliación, pero no significó que la Sociedad de San Pío X quedara plenamente regularizada dentro de la estructura católica.
Francisco también hizo concesiones pastorales limitadas, especialmente para facilitar algunos sacramentos a los fieles vinculados a la organización. Pero la cuestión de fondo nunca se resolvió: la Sociedad de San Pío X seguía operando sin reconocimiento jurídico pleno dentro de la Iglesia católica.
Lo ocurrido ahora bajo León XIV parece cerrar esa zona gris. Al repetir el mismo gesto de 1988, la ordenación de obispos sin mandato pontificio, el grupo volvió a desafiar directamente la autoridad de Roma. El Vaticano respondió declarando la excomunión y advirtiendo que la adhesión formal al cisma también tiene consecuencias canónicas.
Más que una disputa sobre la misa en latín, el caso toca el corazón del poder dentro del catolicismo: quién puede nombrar obispos, quién garantiza la continuidad institucional y qué significa estar unido a Roma. Un fiel puede preferir formas litúrgicas tradicionales y permanecer plenamente dentro de la Iglesia católica. Lo que Roma no acepta es que un grupo cree su propia línea de obispos al margen del Papa.
La decisión también marca una primera señal del estilo de León XIV. Aunque ha proyectado una imagen de diálogo, este caso muestra que está dispuesto a actuar con firmeza cuando entiende que está en juego la unidad institucional de la Iglesia católica.
El nuevo cisma no nació con León XIV. Es la continuación de una fractura abierta desde hace casi cuarenta años. Pero bajo su pontificado, esa tensión dejó de estar en una zona intermedia y volvió a convertirse en una ruptura formal. La historia no empezó esta semana; simplemente regresó al mismo punto de quiebre.
* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.