CRÓNICAS DE CARRETERAS AL LÍMITE

En Puerto Rico, los accidentes de tránsito ya no sorprenden. Se repiten.
No como estadística fría, sino como escenas que se quedan en la retina: carros doblados, postes heridos, restos abandonados en el pavimento y personas que, por segundos, no estuvieron en el lugar equivocado.

Durante el último año he sido testigo directo de varios accidentes automovilísticos. No desde la comodidad del resumen noticioso, sino desde la cercanía incómoda de quien siempre anda con una cámara encima. Ver tanto termina obligando a sentarse a escribir. Advierto desde ahora: no todas las imágenes son lindas. Pero es un tema que urge hablarse.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Infraestructura frágil y conducta al límite

Desde hace tiempo se percibe en las carreteras un fenómeno cada vez más común: el llamado road rage. La gente está más distraída que nunca. El teléfono móvil compite con la atención al volante y los problemas personales viajan en el asiento del copiloto.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

También es evidente la presencia de muchos adultos mayores conduciendo solos. Vale hacer un paréntesis incómodo: es alarmante la cantidad de personas de edad avanzada viviendo solas en la isla. A esto se suma una realidad ineludible: Puerto Rico tiene pocas alternativas de transporte público, muy lejos de lo que ocurre en ciudades como Nueva York o Madrid. Aquí, el carro no es opción; es necesidad.

La infraestructura tampoco ayuda. Carreteras mal diseñadas, encintados borrados por el sol y la lluvia, semáforos mal calibrados y una iluminación deficiente forman parte del paisaje diario. No es raro escuchar a personas decir que, por la criminalidad y la oscuridad, después de cierta hora prefieren no salir de sus casas.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Un familiar español me comentó una vez que aquí es imposible conducir en línea recta sin esquivar boquetes. No exagera. Hace años, de madrugada, un boquete dobló el aro de mi auto. Un aro doblado altera toda tu rutina diaria. No se lo deseo a nadie.

Las carreteras, además, son estrechas. El carril derecho suele ser el más castigado. No sé hasta qué punto se debe a la lluvia, a la mala construcción o al sobrepeso de los camiones. Pero sí sé que las agencias pertinentes deben darle más cariño a las vías, usar mejores materiales y entender que el diseño de la carretera influye tanto como la prudencia del conductor. A eso súmele la alta velocidad, y la ecuación se vuelve peligrosa.

Fotografía por: Ramír Delgado

Un centro comercial y segundos de diferencia

Regresando a casa, presencié un accidente en un pequeño centro comercial. Un señor que salía del estacionamiento, según se entendió luego, sufrió una condición de salud. Su guagua blanca impactó dos autos compactos. El gris quedó suspendido. El amarillo terminó sobre la acera, a apenas seis pulgadas de una bomba de incendios.

El conductor fue llevado al hospital. Los dueños de los otros vehículos, por puro azar, no estaban dentro de ellos. A veces la diferencia entre tragedia y susto se mide en pulgadas.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Un precipicio, un robo y una ausencia milagrosa

Cerca de donde resido, un extranjero me habló de una llamada al 911: un auto compacto azul había aparecido en un precipicio. Cuando regresé con mi cámara, ya estaban allí la policía, la unidad de rescate y varias grúas. Confirmaron que no había nadie dentro. Gracias a Dios, no hubo heridos.

Fotografía por: Ramír Delgado

Más tarde se supo que el vehículo había sido robado a punta de pistola en una gasolinera en Guaynabo. Tras una persecución, los ladrones abandonaron el auto lanzándolo al precipicio. El vehículo fue pérdida total. Las personas, no.

Cuando el golpe es al tuyo

¿Qué hacemos cuando el choque ocurre a nuestro propio vehículo?

Ese fue mi caso. Visitaba a una clienta en un condominio cuando escuché una explosión. No le di importancia hasta que un vecino del mismo piso avisó que habían chocado un carro gris. Sabía que era el mío.

Un auto pequeño perdió el control, impactó la verja roja del condominio, un cartel en la acera y un tiesto grande de plástico. De milagro no hubo heridos. Mi carro solo sufrió algunos rasguños. El cuerpo, en cambio, se quedó tenso el resto del día.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Motoras, motos y decisiones que no regresan

Saliendo de una estación del Tren Urbano, encontré un tapón inusual. Al acercarme, un señor junto a un poste me explicó lo ocurrido: con la luz verde, una motora se llevó la roja e impactó un carro compacto.

El joven yacía en el suelo, desangrándose. Andaba en chancletas, sin casco, en camisola. “¡Dios, ayúdame!”, clamaba. La paramédico hacía todo lo posible. Un día después, leí en el periódico que murió camino al hospital.

El señor junto al poste repetía, una y otra vez: “¿Por qué esto me ocurrió a mí?”.
A veces el accidente no solo hiere al que cae, sino al que mira.

El casco no es accesorio. Es frontera. Entre una caída y un funeral.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Postes caídos y finales anunciados

Otro domingo, un camión se llevó enredado un cable eléctrico y terminó tumbando un poste de madera sobre la vía. El tapón fue monumental. Dimos gracias a que llegaron brigadas rápido. No quiero imaginar estar conduciendo cuando un poste decide caer.

Otra noche, tras un apagón prolongado, vi un poste de cemento partido: un auto compacto, a alta velocidad, lo había impactado. Alegadamente, una señora mayor se distrajo. El poste, que ya pedía reemplazo, llegó al final de sus días. No tengo más información sobre ese caso.

Fotografía por: Ramír Delgado

Ciclistas en carreteras que no los esperan

Muchas carreteras en Puerto Rico no están preparadas para ciclistas. Tampoco muchos ciclistas usan casco o ropa protectora. No hay carriles exclusivos en gran parte de la isla.

En Luquillo, un hombre que viajaba en bicicleta fue atropellado por una guagua pick-up. Murió en el acto. El conductor fue llevado al cuartel. Luego, en redes, surgieron comentarios sobre conductores de vehículos grandes que se sienten dueños de la carretera. No tengo más datos. El resultado, sí: una vida perdida.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Los restos que nadie recoge

Después del accidente, quedan los restos. Vidrios, parachoques, piezas enteras en islotes y aceras. Pasan semanas y siguen ahí. La policía tira arena sobre el aceite, pero rara vez veo a alguien recogiendo lo demás.

Esos restos afean la carretera, pero también dicen algo más: que el accidente nunca cerró del todo.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Y el susto, ¿quién lo recoge?

Ese es el momento silencioso. Cuando uno se pregunta: ¿y si me pasara a mí?

Mi madre solía decir: “conduce con cuatro ojos”. Este asunto es complejo. No todo está bajo nuestro control. Pero distraernos sí lo está. Usar casco sí lo está. Bajar la velocidad sí lo está.

Podemos denunciar boquetes, exigir alumbrado, reclamar mejores carreteras. Tenemos derecho a estar seguros en las vías. Pero mientras tanto, la prudencia no es opcional.

Fotografía por: Ramír Delgado

 

Porque a veces, el accidente no te mata.
Solo se queda contigo.

Y entonces queda la pregunta final:
¿cómo uno se saca del cuerpo un golpe que no siempre deja marca visible?

* El autor es fotógrafo profesional, actor y comunicador.  Puede ser contactado a través de Ramír Photos.