EL AZÚCAR NO ES QUIEN TE ENFERMA: ES EL CAOS

Esta sección llega a ustedes, con el auspicio de AESA

A mucha gente le dicen que come mal.
Que si el azúcar, que si los carbohidratos, que si la grasa, que si el pan “blanco”, que si comer muy tarde. La lista es larga y, curiosamente, siempre cambia.

Pero hay una verdad menos popular y más incómoda:
el problema no es lo que comes, es el desorden con el que comes.

No es falta de información. Es caos.

El mito de la mala voluntad

La narrativa dominante dice que el fallo es personal. Que si te sales de la dieta es porque no te controlas. Que “no te cuidaste”. Ese discurso funciona muy bien para vender libros, retos de 21 días y suplementos.

En la vida real, la gente no come mal porque quiera. Come mal porque llega cansada, sin tiempo, con hambre acumulada y decisiones pendientes desde las siete de la mañana.

Cuando todo el día fue un revolú, la cena no va a ser una ensalada inspiradora. Va a ser lo que apague el hambre más rápido.

El verdadero enemigo: comer sin estructura

El cuerpo no negocia bien cuando no hay horarios claros.
Saltarse comidas, comer a deshoras, improvisar todo el tiempo y luego sorprenderse por los antojos es como manejar sin frenos y culpar al camino.

No es el chocolate lo que rompe el plan.
Es llegar a las seis de la tarde sin haber comido en condiciones.

El hambre no es filosófica. Es fisiológica.
Cuando aparece con fuerza, la razón ya se fue.

Dietas estrictas: por qué antes “funcionaban” y ahora no

Las dietas rígidas tienen una ventaja engañosa: eliminan decisiones.
Te dicen qué comer, cuándo y cuánto. Y por un tiempo, eso se siente como alivio.

El problema es que ese sistema no resiste la vida real.
Trabajo, familia, compromisos, cansancio, estrés. Todo lo que no cabe en un menú.

Antes quizá se podía “aguantar”. Ahora, el cuerpo cobra intereses.
Menos tolerancia al desvelo, a los picos de hambre, a las restricciones absurdas.

No es debilidad. Es adaptación biológica.

Comer bien no es comer perfecto

Comer bien no es comer limpio, ni comer poco, ni comer sin placer.
Es comer con cierto orden básico.

Tres cosas simples que casi nadie dice porque no venden:

  1. Horarios más o menos estables
    No exactos. Estables. El cuerpo agradece previsibilidad.
  2. Comidas suficientemente completas
    Proteína, algo de grasa, algo que llene. Comer “ligero” todo el día suele terminar en atracón nocturno.
  3. Decisiones tomadas antes del hambre
    Cuando decides con hambre, decides mal. Siempre.

Nada de esto es glamoroso. Funciona igual.

El autoengaño más común

“Mañana empiezo bien.”

Mañana no existe. Existe el patrón.
Y el patrón se construye con cosas aburridas: repetir desayunos que funcionan, tener opciones simples a mano, no depender de la fuerza de voluntad como si fuera infinita.

La voluntad es limitada.
La estructura, no.

Sin cuentos

No necesitas una dieta nueva.
Necesitas menos improvisación, menos culpa y más realismo.

Comer “sano” no es eliminar alimentos.
Es reducir el caos.

Y eso, aunque no tenga hashtag, es lo único que se sostiene.

* Para la redacción de este artículo se utilizó parcialmente un modelo de inteligencia artificial con fines de investigación.