Durante muchos años, el periódico fue un miembro más de la familia puertorriqueña. No dormía en la casa ni aportaba para la compra, pero llegaba temprano, ocupaba media mesa y siempre tenía algo que decir. A veces informaba, otras veces indignaba y, de vez en cuando, terminaba debajo de una pata coja o protegiendo el piso de algún accidente doméstico. Pero estaba allí.
Por eso, el anuncio de que El Nuevo Día y Primera Hora dejarán de publicarse en papel no representa solamente un cambio de formato. Es el final de una era, de un ritual cotidiano que acompañó a varias generaciones de puertorriqueños.
Primera Hora, nacida en 1997, publicará su última edición impresa el 24 de septiembre. Tres días después le corresponderá a El Nuevo Día, cuya etapa con ese nombre comenzó en San Juan en 1970, aunque su linaje editorial se remonta a 1909 en Ponce, primero como El Diario de Puerto Rico y luego como El Día. Es la trayectoria más antigua entre los periódicos que todavía se publican en Puerto Rico.
Con su salida del papel, El Vocero quedará como el único diario generalista de circulación nacional que continuará imprimiéndose de lunes a viernes. Metro Puerto Rico mantiene una edición semanal. El periódico impreso no desaparecerá por completo, pero el paisaje cotidiano de la prensa puertorriqueña cambiará de manera irreversible.
Me encanta lo digital, sobre todo por su conveniencia. Hoy las noticias llegan al teléfono antes de que el café termine de colar. Se actualizan al instante, incorporan videos y permiten corregir o ampliar una información sin esperar hasta la mañana siguiente. Como periodista, editor y lector, aprovecho esas ventajas todos los días. No quisiera renunciar a ellas ni regresar a un mundo en el que había que esperar veinticuatro horas para enterarse de algo que ya sabía medio país.
De hecho, no leo regularmente el periódico en papel desde 2012. Sería deshonesto presentarme ahora como uno de esos lectores fieles que lo compraron hasta el último día. Como tantos otros, abracé la comodidad de lo digital y, sin proponérmelo, también contribuí a que el ejemplar impreso dejara de ser indispensable.
Pero haber cambiado mis hábitos no borró lo que el periódico significó en mi vida. Entender —y hasta celebrar— la evolución tecnológica no impide que su final en papel me produzca una profunda nostalgia.
En mi casa, el periódico era una especie de plaza pública portátil. Todos lo leíamos. Cada cual buscaba su sección, comentaba una noticia o protestaba porque alguien había desorganizado las páginas. En aquellos tiempos no se compartía una noticia enviando un enlace: se dejaba el periódico abierto sobre la mesa y se gritaba desde otro cuarto: «¡Mira esto!». Era nuestro algoritmo familiar. Bastante menos sofisticado que los actuales, pero mucho más difícil de ignorar.
En el Puerto Rico intensamente partidista de los años ochenta, hasta la selección del periódico parecía responder a la afiliación política de la familia. Por uso y costumbre, en muchos hogares penepés se leía El Nuevo Día, asociado con Luis A. Ferré, exgobernador y fundador del PNP, mientras numerosas familias populares preferían El Mundo.
No se trataba necesariamente de las posiciones editoriales de ambos diarios, sino de otra de aquellas lealtades que se heredaban en Puerto Rico casi con la misma naturalidad que el partido político. A veces no hacía falta preguntar de qué partido era una familia: bastaba con mirar qué periódico estaba junto a la cafetera.
Durante la semana, antes de ir a la escuela, yo le daba aunque fuera una hojeada. En vacaciones, si el periódico no llegaba, llamaba para reclamarlo. No había alerta en el celular, correo electrónico ni notificación automática. Había que levantar el teléfono y denunciar aquella emergencia doméstica: el país podía estar atravesando una crisis, pero lo verdaderamente grave era que no hubieran lanzado el periódico frente a la casa.
Mis abuelos lo leían de principio a fin. Y cuando digo de principio a fin, no hablo de la lectura selectiva que hacemos hoy, saltando de un titular a otro mientras una pantalla intenta vendernos algo o nos avisa que alguien comentó una fotografía. Ellos recorrían el periódico completo, con la paciencia de quien sabía que conocer el país requería tiempo, café y, posiblemente, una segunda taza.
Todavía recuerdo a mi abuela durante sus últimos años, sentada con el periódico en las manos y el café cerca. Esa imagen, aparentemente ordinaria, se ha vuelto invaluable con el tiempo. Quizás porque uno termina descubriendo que la vida familiar se construye precisamente con esas escenas que entonces parecían no tener importancia.
Mi madre está triste con la noticia. Tanto ella, como mi papá todavía leen el periódico impreso como un ritual. Y los rituales no se sustituyen descargando una aplicación. La información puede ser la misma, pero la experiencia no lo es. Una pantalla se apaga; el periódico permanece sobre la mesa, pasa de unas manos a otras, acumula dobleces y conserva las huellas de quienes lo leyeron antes.
Durante décadas, El Nuevo Día acompañó durante huracanes, elecciones, triunfos deportivos, escándalos políticos y discusiones familiares. Primera Hora llegó después con otro ritmo y una manera más casual de contar el acontecer del país. Ambos periódicos no solo registraron nuestra historia: formaron parte del escenario en el que esa historia transcurría.
No escribo esto para declarar una guerra contra lo digital. La posibilidad de llevar las noticias del mundo entero en el bolsillo es extraordinaria. Tampoco debemos confundir el soporte con el periodismo: lo imprescindible no es que las noticias se impriman, sino que se investiguen, se contrasten y se cuenten con rigor.
Sin embargo, la conveniencia y la nostalgia pueden convivir. Celebrar las posibilidades de lo digital no obliga a fingir que el papel no significó nada. El periódico manchaba los dedos, llegaba tarde frente a la radio y podía convertirse en territorio hostil cuando alguien secuestraba la sección que otro quería leer. Aun así, era un objeto compartido y, por eso mismo, formaba parte de la vida de la casa.
Algo se pierde cuando desaparece un objeto que organizó tantas mañanas. Frente al periódico, distintas generaciones miraban la misma portada y partían de unos hechos comunes, aunque después discutieran durante horas sobre lo que significaban. Incluso cuando en unas casas se leía El Nuevo Día y en otras El Mundo, existía una experiencia colectiva alrededor de la noticia.
En la era de los algoritmos, cada miembro de una familia puede despertar en un país informativo distinto. Antes, al menos, todos peleábamos por las mismas páginas.
Quizás las nuevas generaciones no extrañen el sonido del papel al pasar, el olor de la tinta o la habilidad casi matemática que exigía doblar el periódico para leerlo sin invadir toda la mesa. No se puede añorar aquello que nunca se convirtió en hábito. Para ellas, la noticia siempre ha sido una pantalla que se desliza con el dedo. Y está bien. Las formas cambian, como han cambiado tantas otras cosas.
Pero para quienes crecimos con el periódico llegando cada mañana, esta despedida tiene algo de pérdida familiar. No nos despedimos solamente de unas páginas impresas. Nos despedimos de la casa de nuestros abuelos, de las conversaciones alrededor de la mesa, de las mañanas antes de la escuela y del café compartido mientras el país entero cabía, doblado, entre nuestras manos.
La silla de mi abuela quedó vacía hace años. Ahora, además, ya no estará sobre la mesa el periódico que tantas veces sostuvo en sus manos.
Y hay ausencias que, aunque uno las comprenda perfectamente, duelen y permanecerán en nuestros corazones.