EL VINO NO ES TERAPIA, PERO EN SU JUSTA MEDIDA AYUDA

Vamos directo al grano, sin romanticismos baratos ni titulares de cartón: el vino no es una vitamina embotellada, pero tampoco es el villano que algunos necesitan inventar para sentirse moralmente superiores. En su justa medida, el vino tiene algo que a esta altura de la vida vale oro: equilibrio.

Diversos estudios han señalado que el consumo moderado de vino tinto puede aportar beneficios cardiovasculares. El famoso resveratrol, presente en la piel de la uva, se asocia con efectos antioxidantes y antiinflamatorios. Traducción práctica: ayuda a que las arterias envejezcan con un poco más de dignidad, no como una autopista llena de baches. No hace milagros, pero suma.

Hay otro beneficio del que casi nadie habla sin caer en cursilería: el vino desacelera. Obliga a sentarse, a comer con calma, a conversar. No se toma de prisa ni se bebe para anestesiar el día, al menos no cuando se hace bien. En una etapa donde el estrés crónico ya pasó factura, ese ritual importa más que cualquier suplemento de moda.

También está el tema metabólico. Una copa de vino, acompañando comida real, suele tener menos impacto que los tragos azucarados, las cervezas industriales o los “cocteles light” que de light solo tienen el nombre. No es una licencia para beber sin control, es una invitación a elegir mejor.

Ahora, el punto incómodo que hay que decir sin rodeos: más no es mejor. Dos copas no duplican el beneficio. Tres no convierten el vino en terapia. El exceso borra cualquier ventaja y devuelve la factura con intereses. El vino funciona cuando se respeta, no cuando se usa como excusa.

En resumen, el vino no rejuvenece, no cura y no reemplaza hábitos sanos. Pero bien elegido, bien acompañado y bien dosificado, puede ser un aliado silencioso para el corazón, la mente y la mesa. Y a esta altura de la vida, los aliados silenciosos valen más que las promesas ruidosas. 🍷